domingo, 28 de octubre de 2012

Las mariposas aletean tres veces al atardecer.

Vistamos el blog con las mejores galas: estamos de estreno. Os presento mi nuevo proyecto, una micronovela muy personal de temática onírica, surrealista. También hay mucho de misterio y algo de ciencia ficción. De momento la cedo de forma gratuita, pasado un tiempo, la subiré a Amazon a un precio mínimo. A todos aquellos que le deis la oportunidad, un millón de gracias y, de corazón, espero que la disfrutéis.

Algunos datos técnicos y portada:




Título: Las mariposas aletean tres veces al atardecer
Autor: Raúl Frías
Año: 2012
Nº de páginas: 44
Editorial: Futura publicación en Amazón
Temática: Surrealismo, misterio, ciencia ficción
Sinopsis:
Las mariposas aletean tres veces al atardecer es una micronovela mezcla de surrealismo, misterio y ciencia ficción. La odisea de Horace Smith, un empleado de mantenimiento enfrentado a un mundo desconocido, onírico, confuso. Deberá, a través de varios despertares, recomponer el puzle que lo lleve a conseguir respuestas, a alcanzar la verdad.

Como no me deja subir el archivo, os cedo el enlace al foro Abretelibro, donde podéis descargarlo de forma directa:

 http://www.abretelibro.com/foro/viewtopic.php?f=10&t=64033

Un abrazo, blogonautas.

viernes, 26 de octubre de 2012

Reto 2: Un relato terrorífico.

Respondiendo a una amable invitación de Tamara Villanueva, he escrito un breve relato de terror. Valga, además, como mi aportación personal al próximo Halloween, tan cercano ya en el calendario. Al hacerlo para un concurso con limitación de palabras (150) he tenido que controlarme. El fin de todo esto es un libro recopilatorio con los microrelatos. Sin ánimo de lucro, claro. Sin más dilación, ahí va mi humilde aportación.

Mi viejo Winchester y yo.

Mi viejo Winchester y yo, solos, como en los viejos tiempos. Al otro lado, la oscuridad: informe, densa, indescifrable. Del interior de su infinitud emergen gritos desgarrados, fetidez y una neblina helada que emana directamente de sus cuerpos. Escondido desde hace varios días en un agujero inmundo para guardar maletas, uno aprende a diferenciar todas estas cosas. 
Gracias a mi continuo estado de alerta y al hedor del cuartucho, aún no me han descubierto. Me ha salvado ese olor nauseabundo, consecuencia lógica de no tener un retrete a mano y de alimentarme a base de ratas. Eso, suponiendo que exista algo de lógica en este mundo de mierda. 
Sólo me quedan dos balas. Todavía no he decidido cómo usarlas. Por suerte, tengo mi viejo Winchester conmigo, como en los viejos tiempos. Siempre fiel. 
Hasta el final. 

Un abrazo, blogonautas ;)

miércoles, 24 de octubre de 2012

Micronovela.

Después de ponerme a escribirla y avanzar en la historia, he decidido recortar mi proyecto para darle una mayor fuerza narrativa. He preferido no alargarlo y convertirlo en una micronovela (término que acabo de acuñar) o relato largo. Como prefieran. Ya avisé, pero insisto: es un texto muy personal. De hecho, está escrita más para mí mismo que para otros. Después de un proyecto agotador, me apetecía escribir una cosa así. Pretendía que fuese más largo, pero hubiera resultado menos directo, habría perdido fuerza.

Es surrealista, onírico, paranoico... Vamos, muy mío. En él se cuenta la odisea de un tipo normal enfrentado a un mundo extraño, cruel, que le supera. A través de distintos despertares (ya lo entenderéis), deberá ir uniendo piezas de un rompecabezas en un principio indescifrable, para dar con la clave que resuelva todas las incógnitas.

Dada su brevedad, no pienso buscarle editor. Durante su primer mes o dos meses de vida será gratuita: la colgaré por aquí y en algunos foros literarios de mi confianza. Pasado este tiempo, irá a Amazon por un precio irrisorio.

Ya tengo título y portada. Calculo que estará disponible a finales de esta semana o principios de la que viene. Un abrazo, blogonautas.


martes, 23 de octubre de 2012

Carta de una desconocida.

Acabo de terminar la novela de Zweig. Se lee en dos ratos sueltos. Me ha resultado fascinante, aunque de antemano aviso: en estos tiempos donde la literatura es un negocio como otro cualquiera, esta obra jamás se hubiese editado. Por supuesto, hubiera sido un tremendo error. Incluso creo -esto es más personal- que es una novela muy poco apta para los paladares literarios actuales. Desfasada, diría que es la mejor forma de definirla. En esta sociedad del siglo veintiuno rara vez podría darse una historia de amor como la que nos propone el escritor austriaco.

Amor platónico, amigos blogonautas. Carta de una desconocida es una novela cuyo eje es el amor platónico que la protagonista femenina le profesa al novelista famoso de turno. Él, despreocupado y poco dado a amores de más de una noche, responde al perfil psicológico tantas veces usado después para describir al artista: persona alejada de la realidad, soñadora, vividora e inclinada al amor libre. Ella, por su parte, es una sufridora nata; entregada y servil. Los trato de él y ella porque ninguno de los tiene nombre. Zweig se olvida de detalles tan triviales, utilizando una simple R mayúscula para referirse al protagonista masculino.

Vayamos al meollo. Según lo expuesto, tampoco creo que la trama parezca fascinante. Quizá para muchos no lo sea. Yo, sin embargo, insisto. El austriaco nos propone una historia de amor capaz de arrugarte el pecho, de hacerte, en poquísimas páginas, sufrir con la mujer (una especie de Electra del momento). Es una historia triste, trágica, abrumadora. La prosa sencilla pero contundente de Zweig abruma. Me he agobiado leyendo la novela, lo admito sin pudor. He sentido desazón y he acabado un tanto desesperanzado. Toda una vida entregada a un sueño, a una fantasía velada por caricias efímeras, por besos inútiles. En definitiva, una tragedia de las pequeñas cosas del corazón.

A destacar también (pensándolo bien, tal vez sea el rasgo más recalcable) la maestría con la que el escritor austriaco crea a sus personajes. Hablo del plano psicológico, pues del físico pasa casi por completo, dejando sólo algunas pinceladas. Los personajes de la novela son seres humanos, un hombre y una mujer con personalidades definidas de un modo excepcional. Escapan de la robótica literaria, con lo difícil (escritor dixit) que es conseguirlo. Se sufre con ellos, los compadeces, sientes sus amarguras y penas; esa frustración de la protagonista, entregada a un amor imposible pero, al mismo tiempo, devoto hasta rozar lo enfermizo.

Ahora que las jóvenes leen endulzadas historias de amor entre vampiros y quinceañeras, y las cuarentonas se recrean con fogosas historias de sexo sadomasoquista, leer a Zweig ha reconciliado mi espíritu con la novela romántica. Está pasada de moda, lo sé, pero queda a un millón de años luz (aquí mi vena cienciaficcionera) de, por ejemplo, estas dos sagas de cuyo nombre no quiero acordarme.

Por desgracia, ya no existe sólo la telebasura.

domingo, 21 de octubre de 2012

Futuras lecturas.

Enfrascado en una nueva novela (en este caso quizá sea mejor usar la definición de relato largo), también es momento de leer. Es una costumbre que tengo: cuando escribo, al mismo tiempo devoro novelas. Me sirve para desconectar y para seguir aprendiendo, libro tras libro, autor tras autor, en este complicado mundo del encadenamiento de palabras. Uno nunca debe dejar de aprender, pues nunca se es lo suficientemente bueno; eso lo tengo muy claro. En la lista destacan autores americanos del siglo pasado, con quienes tengo una deuda pendiente. Incluso me voy a permitir el lujo de releer dos obras. Soy así, a veces prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer. Eso, pensándolo bien, es más un defecto que una virtud, pero qué le vamos a hacer. Ésta es la lista que me mantendrá entretenido, calculo, los próximos dos o tres meses. Trataré de seguir un orden, así que, si alguno se quiere unir, a tiempo está. Un abrazo, blogonautas.

1. El viejo y el mar, de Ernest Hemingway. Reelectura.
2. Carta de una desconocida, de Stefan Zweig. Leído.
3. Las sandalias del pescador, de Morris West.
4. El fin de la cuerda, de Joseph Conrad.
5. La venus del espejo, de Frank G. Slaughter.
6. La montaña mágica, de Thomas Mann. Reelectura.
7. El mundo según Garp, de John Irving.
8. De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver.
9. El último encuentro, de Sándor Márai.
10. Si te dicen que caí, de Juan Marsé.
11. Nada, de Carmen Laforet. Leído.
12. Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella.



domingo, 14 de octubre de 2012

Principios.

Todas las novelas tienen un principio, y yo he elegido éste para mi cuarta obra. Ésta va a ser rapidita. Dos o tres meses de escritura y diez o quince días de corrección. Es una obra puente, de distracción. Así cargo energías para un nuevo proyecto que tengo en mente. Es una novela muy personal. Sólo tiene un protagonista (se desarrolla en un único escenario también, en L'Hôtel, joya arquitectónica parisina), cuyo nombre ya está decidido: Horace Smith. Valga el apellido orwelliano. Ya dije que creo que irá directamente a Amazon. Puede que, incluso, la regale. Ya veré a su debido tiempo. De temática oscura, surrealista, pesadillesca. Ya iré informando de los avances pertinentes. Un abrazo, blogonautas.

"Oscuridad, sólo oscuridad. Densa, impenetrable. Un universo descuajado de estrellas, atacado por silencios intangibles, antinaturales. Una ceguera inesperada, sorprendente. Nuestro protagonista se revuelve con nerviosismo, trata de localizar un interruptor de la luz, palpando las paredes. No recuerda dónde está ni cómo ha llegado hasta allí. Le duele la cabeza como si se hubiera desatado un terremoto dentro de ella. Despacio, con suma torpeza, se pone de pie. Sigue sin ver nada. La oscuridad es un universo aparte, un submundo de la realidad. Uno de sus múltiples misterios. Cuando un ser humano es atrapado por ella, se convierte en su juguete. No existe enemigo más poderoso. Las tinieblas esconden algo. Por eso, los niños, inocentes criaturas, le tienen tanto miedo. Ellos captan ese hedor propio de la oscuridad".


viernes, 12 de octubre de 2012

El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.

Hablo de Haruki Murakami, un aspirante a Nobel de Literatura que provoca en mí sentimientos enfrentados. Sin ser un ferviente seguidor de su obra, ya he leído tres de sus novelas: Kafka en la orilla, After Dark y El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas; además de abandonar, por tediosas, otras dos: Tokyo Blues y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Esta última, es una de las obras más aburridas y estúpidas (sí, lo sé, he usado una palabra malsonante) que he tenido la mala suerte de leer.

Por suerte, no todo son sombras. El japonés escribe bastante bien, es más, en varios aspectos he aprendido mucho de su prosa. Me gusta el uso que hace de la metaliteratura, sus símbolos, la carga metafísica y existencial de sus novelas, su surrealismo, algunos de sus recursos técnicos. En cierta forma, y con cuidado de no excederme y pillarme los dedos, lo considero uno de mis maestros (yo soy muy de Faulkner). En el uso de determinados recursos narrativos, estilísticos y de construcción, al menos.



Fue a través de él como descubrí (ya lo había visto antes, claro, pero recordad que no decidí saltar a la literatura hasta cumplidas las 25 primaveras) la narración en tiempo presente, de la que estoy enamorado desde entonces. En Kafka en la orilla y en After Dark aprendí los recursos, las fórmulas y las apliqué a mi última novela, El sueño de la mariposa; hasta entonces narraba en pretérito perfecto simple, tiempo que, en comparación, me resulta menos estético, más sucio, más engorroso. Vamos, que algo le debo y deberé; sin embargo, creo que esta noche he saldado mi deuda.

Acabo de terminar El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Con ello, Murakami y yo quedamos en paz. Él seguirá su camino y yo el mío, raro será que volvamos a cruzarnos. Esta novela me ha demostrado que el japonés es un gran narrador y un buen escritor, pero asimismo un mal imaginador de historias. Sus tramas se plantean bien, tienen puntos interesantes, pero, por lo general, se desarrollan mal, abusan del número de páginas y las resoluciones no son satisfactorias -aunque esto es ya más personal-. En especial me ha ocurrido con esta novela: prometía mucho pero, sobre la mitad, se deshincha por completo y trascurre hasta el final en un ritmo anodino, previsible y aburrídisimo.



En resumen, que me lío; a Murakami hay que darle la oportunidad pero, si no os convence con el primero, os aconsejo no continuar con él, pues sus historias siguen, libro tras libro, los mismos derroteros.

Aun así, al César lo que es del César: yo siempre le estaré agradecido, pues me inspiró y logró que aprendiera algo de sus novelas. Y no es poco, la verdad.

miércoles, 10 de octubre de 2012

El autobús de medianoche.

Lo sé, dije que no me gustaba escribir relatos. Lo mantengo. Es la verdad. En realidad lo detesto. Así que no me preguntéis por qué lo hago, pues no tengo ni idea. Sin embargo, ahí está. Lo he vuelto a hacer. Esta vez mi cabeza y mi pluma han ideado, al unísono, un relato muy extraño. Lo calificaría de surrealista, aunque dudo que cumpla con los requisitos necesarios. Por eso prefiero dejarlo en raro.

Espero que, si lo leéis (como habéis hecho con el otro pese a la ausencia de comentarios en el blog), disfrutéis de su magia. Es más largo que el anterior, aviso.

Un abrazo, blogonautas (¡toma neologismo!).

El autobús de medianoche.

Son las doce en punto de la noche. La ciudad está sumida en una calma tensa. El aire huele a humedad: el oscuro cielo descuajado de estrellas barrunta tormenta. Algunos gatos callejeros se acurrucan al cobijo de balcones, porches y, los menos afortunados, bajo los bancos de plazas y avenidas. De vez en vez, un destello dorado electrifica el cielo, rasgándolo de arriba abajo. Los pocos hombres y mujeres  con la valentía necesaria para desafiar a la tormenta pasan a cámara rápida por los ojos de nuestra joven protagonista, convertidos en demonios, en sombras danzantes, cuyos ojos, al menos ésa es su impresión, son rubíes tan rojos como la sangre. Edificios altos, chatos, viejos, nuevos, con preciosas balconadas y picudos salientes, sin ellos, de este siglo, del anterior; van sucediéndose como una desordenada procesión de fichas de dominó. La joven, de una belleza pura, artística, con unas veinte primaveras a la espalda, observa este espectáculo nocturno a través de la ventana del autobús. Su expresión es indiferente, aburrida. Ella forma parte de ese mundo, de aquella ciudad misteriosa. Nada de lo que en ella ocurre o pueda ocurrir le sorprende.

El transporte gira a la izquierda, introduciéndose en una avenida bien iluminada por hileras de farolas. Son de estilo clásico; parecen candiles extraídos de un serial televisivo de época. Si nuestra protagonista no conociera la bombilla y las propiedades del tungsteno, fácilmente hubiera podido creer que en aquellas cajetillas acristaladas arden fuegos carmesíes. Quizá lo hagan. Las farolas tiñen las aceras de ámbar a intervalos de tres metros. Bajo sus focos de luz se cruzan extrañas formas, fantasmas de la ciudad. Son atraídos por el brillo de las farolas, pero, temerosos de ser descubiertos, desaparecen con rapidez un instante después, volviendo a su mundo, lejos de la curiosidad humana. Son seres que habitan en la oscuridad, sin forma, nombre ni voz. Espíritus olvidados, en definitiva. El autobús prosigue su camino, traqueteando, solventando con moderado éxito los adoquines y baches de la calzada. En una ventana a medio abrir, vuelan las cortinas, dos brazos de tela desafiando a la penumbra, a las tinieblas. Una llovizna fina de perlas transparentes irrumpe en la escena, incomodando a nuestra protagonista, quien se incorpora un poco y aguza la vista; en apenas un minuto, la lluvia es mucho más intensa y opaca los cristales, impidiendo la contemplación del exterior.



Alguien carraspea, a su espalda. La joven se vuelve, interesada. Si no puede observar la ciudad, al menos se entretendrá analizando a los demás pasajeros. La irritación de garganta pertenece a un hombre en edad avanzada. Va embutido en un uniforme militar color caqui. Está calvo como una manzana, sin embargo, quizá rebelándose ante su incapacidad para mantener los cabellos de la azotea en su sitio, luce una barba larguísima y pálida como la niebla de los amaneceres. Le llega hasta la mitad del pecho. Como seña de identidad, toque personal o incongruencia premeditada, el tipo porta una chapa con el símbolo de la paz en la solapa de la americana. En voz muy baja, recita una vieja canción de los Beach Boys. Concretamente, Love you. Nuestra protagonista conoce la melodía gracias a su abuelo, ferviente seguidor del grupo. Curiosa elección para una noche de lluvia, se dice.

Vuelve a desviar la mirada, hallando en la última hilera de sillas a otro hombre. Un maniquí surgido del bisturí social: traje negro, pulcro corte de pelo y maletín de piel. Un banquero, un abogado o, tal vez, un agente de seguros. Ha conocido a algunos de ellos a lo largo de los años. Serían capaces de vender a su madre por dos óbolos de plata. Paseíto en barca aparte, señorita.

A su izquierda, en la hilera de asientos opuesta, localiza a una señora gorda. Viste un elegante conjunto de falda y chaqueta de color azul claro, celeste, como añadirían los más puristas. Hay gente de ese tipo. Hombres y, en especial, mujeres, que son capaces de diferenciar numerosos tipos de azul. Infinitos tonos de azul. También de rojo o de amarillo, por supuesto. No es el caso de nuestra preciosa protagonista, quien sólo distingue el abanico de tonalidades surgidas de un no demasiado puntilloso análisis de ese fenómeno natural llamado arcoíris. El rasgo distintivo de la señora gorda es un bote de cristal. Lo sujeta con sumo cuidado entre las manos. Es un recipiente común, habitual en la sección de conservas de un supermercado. Sobra decir que no contiene garbanzos o lentejas en su interior. Bajo la atenta mirada de la mujer gorda aletea una mariposa muy particular: tiene el tronco estriado a rayas naranjas y negras, al igual que las alas, de una coloración semejante. No obstante, lo más llamativo de aquel insecto es una especie de calavera pintada justo debajo de su cabeza. La señora no para de admirarla, incluso le susurra algunas palabras que nuestra protagonista no logra escuchar. En el exterior, la ciudad parece haber sido esmerilada por algún arquitecto climatológico. Es un cuadro de acuarela, un brote sicótico del mejor Van Gogh. Nuestra joven protagonista es incapaz de apreciar forma alguna tras el cristal. Todo es confuso. La nitidez de los edificios, de las sombras humanas, se ha difuminado con las gotas de lluvia. Casi podría decirse que la ciudad ha desaparecido. El pensamiento estremece a nuestra protagonista, quien, para espantar los malos augurios, busca al último de los pasajeros del autobús.

En una zona intermedia localiza un nuevo hombre entrado en años; aunque, a diferencia del primero, el porte de éste es muy diferente. Distinguido, es la palabra que acude a la mente de nuestra protagonista. Chaleco, corbatín y monóculo. Un bibliotecario, quizá un conde. O un barón. ¿Cómo diferenciarlos? Nuestra protagonista se lo ha preguntado alguna vez: jamás ha encontrado una respuesta convincente. Un gato negro duerme en su regazo, acurrucado. Tiene el pelaje espeso, liso. El hombre con apariencia de aristócrata lo acaricia, distraído. La joven trata de leerle los labios, destejidos aunque silenciosos:

«Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito».

Tal es la frase que logra discernir del aparentemente aleatorio movimiento de labios. No sabe dónde, pero nuestra protagonista está convencida de que no es la primera vez que escucha esas palabras. Exactas, una tras otra. Intenta concentrarse, buscar entre sus recuerdos, pero es incapaz de acordarse. Rendida, se arrellana en su butaca, apoyando la cabeza contra la cristalera. Descubre, con gozo, que la lluvia ha cesado. Limpia la ventana cubierta de vaho y achina los ojos. Fuera, aprecia una boca abierta en la negrura. Cien metros la separan del autobús. Es un túnel. Un túnel que jamás ha cruzado y que, juraría, no estaba allí esa misma mañana. Segundos después, el autobús se introduce en él.

Lo último que nuestra protagonista ve es una luz cegadora, deslumbrante. Luego, la nada. El olvido.

lunes, 8 de octubre de 2012

El ángel exterminador.

Lo admito: no suelo escribir relatos. No me gustan, pues siempre me dejan con ganas de continuar la historia. Sin embargo, ayer se me ocurrió una idea y me apeteció plasmarla sobre el papel (o pantalla, más bien). El título es de inspiración buñueliana. Espero que os guste.

El ángel exterminador

El ser no es ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo. Tiene el pelo largo, negro como el fondo del abismo; también una barba muy poblada, tanto, que apenas se intuyen retazos de su piel tostada por un millar de soles distintos. Viste un abrigo negro y luce unas gafas de gruesos cristales capaces de resistir cualquier tipo de radiación, por intensa que ésta sea. Esconde la mano derecha en el interior del bolsillo correspondiente del pomposo pantalón de cuero ornamentado con flecos. La otra, libre, juguetea con una esfera plateada. La lanza y recoge, una vez tras otra. En lo alto brillan dos astros de luz rojiza situados a diferente altura. El cielo es una gigantesca alfombra ambarina sin nubes ni formaciones similares. El planeta posee atmósfera, pero las condiciones climatológicas son muy adversas: hace calor, muchísimo calor. Bajo sus pies, alrededor, en el lejano horizonte y, en definitiva, por todas partes, sólo existe arena. Un desierto de arenas azuladas cubre completamente la superficie.

El individuo sonríe. Es una risa áspera, violenta. Una mueca de forzada satisfacción, de aburrimiento crónico. Si otro ser humano, clon o ser viviente de cualquiera de las razas aliadas contemplase aquellos dientes picudos, afilados, bordeando los labios agrietados por la alta temperatura, de seguro se estremecería al instante. Pero allí no hay nadie más. Sólo está él. El décimo en su especie. El más odiado y temido de los seres que pueblan el Universo. Incluso las Confederaciones Limítrofes le tienen miedo. Ha existido desde tiempos inmemoriales, cuando el ser humano vivía enclaustrado en un solo planeta. Algunos lo llamaron Dios, otros quisieron otorgarle matices más concretos, conociéndole simplemente por Muerte. Nadie sabe en realidad quién o qué es. Vaga por las estrellas desde el principio de los tiempos. Las leyendas afirman que es anterior a la creación del Universo, al espacio y al tiempo, precursor de la nada metafórica que dio lugar a lo demás. Él es Él. Pocos lo han visto, y nunca se ha recogido testimonio visual, oral o escrito de su existencia. Es viento, polvo de estrellas, susurros en la oscuridad. Y es, sobre todo, destrucción. 




Los viejos pueblos de los Planetas Remotos afirman que es un igualador, un ente enviado para preservar el equilibrio de la vida. Él es quien decide la evolución y predominio de una especie sobre otra. Los habitantes de estos pueblos, considerados por el resto de los afiliados a la Confederación Galáctica como descendientes directos de los antiguos terrícolas, creen que este ser fue, entre otras cosas, el encargado de acabar con los dinosaurios. Por ejemplo. También se cree, más recientemente, que ha exterminado la vida en numerosos planetas. Es el caso de Iti-Tau. El planeta, considerado enano, albergaba una amplísima colección de especies animales y vegetales; fauna y flora que, de la noche a la mañana, desapareció sin dejar rastro. En su lugar quedó un desierto de arena azul. Este desastre, como tantos otros, se atribuyó —después de varios análisis— a una circunstancia de viabilidad imposible, es decir, a Él.

El ser del abrigo negro detiene su jugueteo y mira la esfera. La ha utilizado tantas y tantas veces, que ya no le sorprende su capacidad destructiva; sin embargo, cada vez que termina un trabajo, no puede evitar sonreír de satisfacción. Esta vez no es una excepción. Sin moverse del sitio, observa una última vez su obra. A escasos centímetros de su posición aprecia el saliente picudo de lo que horas antes era la torre de una hermosa catedral. El Arte, por supuesto, no le interesa lo más mínimo. En su conciencia sólo concibe la belleza en el caos, en la desolación. Por algo es un Exterminador. Ése es en realidad su verdadero nombre.

Sin borrar la violenta sonrisa de sus labios, se gira y da varios pasos hacia el interior del desierto. Segundos después, su presencia es apenas un vago recuerdo sepultado entre la efímera memoria de las cápsulas de arena sintética.

domingo, 7 de octubre de 2012

He vuelto a escribir.

Pasado el trauma de mi última novela, cuyo desgaste intelectual fue enorme, he vuelto a darle a la tecla. He comenzado una novela corta (entre 30 y 60.000 palabras) sin demasiadas pretensiones (aunque no pienso descuidarla, por supuesto). Es más, creo que la colgaré directamente en Amazon, por probar cómo es la experiencia. Poco puedo desvelar por ahora, pero es una historia oscura, con muertos, surrealismo a raudales, simbolismo... Todo, batido pero no agitado en una trama a medio camino de la ciencia ficción.

La novela se desarrolla en un único escenario, en L'Hôtel de París. Un lugar emblemático donde los haya, pues fue allí donde quiso morir Borges.

Os dejo la primera línea:

"Oscuridad, sólo oscuridad. Densa, impenetrable. Un universo descuajado de estrellas, atacado por silencios intangibles, antinaturales".