Fantasía épica - 8

–En el cielo y la tierra, majestad –dice un ser menudo de apariencia hosca con voz temblorosa.

Parece un animal salvaje, recubierto de pelo por todas partes. Viste un conjunto muy sencillo de tres piezas de armadura. Viejo, desgastado, pobre. No es un guerrero ni intenta aparentarlo. Está arrodillado frente a unas pocas escaleras de mármol picado. En lo alto de la diminuta escalinata, un trono hecho de oro, engarzado con piedras preciosas de todo tipo. Sentado en él, un elfo oscuro. Vallis, monarca absoluto de los Nueve Reinos. La piel grisácea, argéntea. El pelo liso, largo, muy oscuro, suelto. La frente cruzada por una sencilla corona, también de oro. Los ojos amarillos, señoriales. Tiene la mirada de un rey. O de un dios. La nariz chata, de formas marcadas. La piel tersa, sin una sola arruga o defecto. La boca grande de labios finos y las orejas terminadas en punta, característica principal de los de su raza. Embutido en una armadura de una sola pieza de color negro. Guanteletes, grebas y yelmo a juego, aunque éste lo tiene apoyado sobre las rodillas. El casco tiene la forma de la cabeza de un dragón. El resto de la armadura está diseñado también con mimo extremo, decorada con dibujos que representan a los elementos más importantes: el agua, el aire, el fuego y la tierra. También con runas élficas. Al cinto, asimismo de una manufactura sublime, una espada envainada con una empuñadura de cuero enroscado en espiral, en hendiduras laberínticas, terminada en un orbe de diamante. Un trozo de tela oscura le cubre parte del frontal de la cota que protege sus piernas y partes nobles. El elfo se retuerce en el trono, con las manos sujetando los reposabrazos. En el dedo índice de la mano derecha, un anillo con un gigantesco rubí engarzado, joya que identifica, por encima incluso de la corona, al gobernante de los Nueve Reinos.

–Levántate y habla. Sabes cuál es la razón por la que hoy te postras ante mí, granjero –dice el elfo oscuro.

Su voz grave, algo ronca, retumba como el peso de un mandoble en el gigantesco salón del trono. Una estancia que sin duda ha vivido tiempos mejores. El techo, otrora un hermoso y colorido fresco, es apenas un bosquejo de pintura descascarillada y boquetes, algunos tan grandes que no impiden que se filtre la luz del sol o la luna e, incluso, el agua de lluvia. El palacio tiene goteras. Los ventanales están sucios y los cristales picados. Las cortinas que los cubren están atestadas de roña y agujeros. Los faldones quemados, deshilachados. Las alfombras del suelo y los azulejos están en el mismo mal estado o peor que el resto de la sala. Destrozados, implorando la vuelta de tiempos pasados donde la gloria de la nación y el mundo se concentraba en aquella sala de proporciones descomunales. Más allá de la desolación y el abandono, el salón del trono está ocupado por media docena de gatos negros. Están repartidos por toda la sala, tumbados aquí y allá, con los ojos amarillos a medio abrir, vigilantes. Los gatos, capaces de intuir la presencia de seres mágicos, ayudan a Vallis a mantener el palacio libre de intromisiones no deseadas. El elfo carece del don de la Vista.

–Sí, majestad, lo sé… Pero me temo… Me temo que me ha hecho llamar en balde, mi señor. No… No tenemos huevos de dragón en Marlaka –tartamudea el ser peludo, mostrando una expresión de terror y unos ojos negros suplicantes.

Vallis repiquetea con los dedos en el trono, respira con fuerza, arquea la espalda y dice:

–No me mientas, granjero. Supongo que has oído hablar de lo que les ocurre a quienes me mienten.

La criatura vuelve a ponerse de rodillas, agacha la cabeza hasta ser capaz de besar el suelo y, suplicante, afirma:

–No miento, majestad. Los dragones desaparecieron tras la muerte del último de los jinetes y nadie ha vuelto a saber de ellos.

Vallis agarra el yelmo, se incorpora, lo apoya sobre el trono y se acerca al granjero, poniéndose de cuclillas junto a él.

–Los he visto con mis propios ojos, granjero. Los huevos de dragón existen y sé de primera mano que al menos uno de ellos está escondido en Marlaka. Ahora, tras mi confidencia, te voy a dar una última oportunidad de contarme la verdad. Si lo haces, te llenaré los bolsillos de oro y podrás regresar con tu familia. ¿Qué me dices, granjero? ¿Te gusta el trato? –pregunta el elfo oscuro.

El ser eleva la vista, todavía de rodillas. Aterrado. Un gato cercano maúlla, lastimero. Después comienza a lamerse las patas traseras, la cola.

–No… No hay huevos de dragón en Marlaka, majestad –asegura de nuevo, con voz aún más temblorosa.

El monarca chasquea los dientes, se pone en pie y no hace nada durante unos instantes. Tiene la mirada fija en la ciudad decadente dibujada tras los ventanales de la sala del trono.

–Odio que me mientan –dice luego.

Acto seguido, desenfunda la espada y con un golpe certero, rápido como un relámpago, clava la punta en la cabeza peluda del ser, atravesándola hasta alcanzar el suelo. Los ojos de la criatura se llenan de sangre y la vida lo abandona en cuestión de segundos. Sin más preámbulo, Vallis extrae la espada del cráneo agujerado del granjero, la limpia en el trozo de tela de su armadura y la devuelve a la vaina. Camina después de regreso al trono, recupera el asiento y silba, alto y fuerte. Por la entrada principal aparece una figura humana, desnuda, marcada con un millón de cicatrices provenientes de mundanos latigazos. Es una mujer. Tiene el pelo rapado, los labios cosidos, el cuerpo demasiado delgado, producto de la desnutrición, y está presa con cadenas, atada a la altura del cuello y los pies.

–Llévate a este despojo y limpia la sangre. Odio el olor a sangre en mi propio palacio –pide el elfo oscuro.

La esclava humana, de hermosos ojos azules, hace caso de la orden, se retira un momento y regresa con dos hombres, con el mismo mal aspecto que ella, pero con una gran diferencia con respecto a la esclava femenina: están castrados. Son eunucos. Los dos varones portan utensilios de limpieza. Sin perder un segundo, los dos hombres retiran el cadáver mientras la mujer se arrodilla para limpiar el charco de sangre. El rey la mira con ojos lujuriosos desde el trono. Ya sé a quién me voy a follar esta noche, piensa.

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