viernes, 27 de abril de 2012

Johnny Cash.

Hay una pregunta que me han hecho bastante: ¿escribes con música? Y si lo haces, ¿a quién escuchas? Mi respuesta es la siguiente: "a veces sí, a veces no. Me gusta el silencio, pero la música también es capaz de inspirar". Los Beatles y Bob Dylan suelen ser mis compañeros habituales, aunque no los únicos. Por eso estoy aquí, para compartir con vosotros una de esas canciones capaces de hacerte soñar. A mí me produce escalofríos.

Sí, la novela sigue a buen ritmo. Sesenta mil palabras ya y casi ciento cincuenta caras a word :)


jueves, 5 de abril de 2012

Letras y más letras...

La noche ha de ser el reino de los escritores. Sé que existen y conozco a algunos que son incapaces de escribir bajo los encantos de la luna y las estrellas, pero a mí, su magia, su silencio cargado de misterio, me llena los dedos de energía y la imaginación de ideas. A falta de una Ariadna que deje suelto el hilo que me saque con vida del laberinto y con ello de las fauces del Minotauro, ¿qué mejor Musa que la noche? Hace años que vivo entregado a sus encantos. ¿A qué viene esto? Sencillo, a que llevo unos días bastante productivos y he terminado la primera parte del libro, que he bautizado como Obertura, y avanzo con la segunda (Interludio), que es, digamos, la extensión de la novela donde más cosas pasan. Finalizaré con un Adagio, porque el desenlace quiero que sea lento y majestuoso, como este tempo musical. En resumen, que he superado ya las cien páginas y las 40.000 palabras. Aún queda mucho, muchísimo, pero siempre es una alegría comunicar que la cosa sigue para adelante a un ritmo razonable. Os cedo otro nuevo y breve fragmento.

"Accedimos a un pasillito mal iluminado por un candil de aceite. Seis buzones sin nombres pero con los números de los pisos remarcados pendían del muro de mi derecha. Las paredes estaban pintadas de gris y el suelo era de una piedra beis salpicada de motitas negras y blancas. Al fondo aprecié unas escaleras de madera que subían, doblando hacia la derecha en cada rellano. Sin apartarme de Tito, fui detrás de él hasta el primer piso, donde se detuvo y llamó con dos golpes secos al primero izquierda. Escuché ruidos en el interior. Unos instantes más tarde nos encontrábamos frente a una señora muy anciana, de cabello ralo y escaso, con la espalda encogida y las manos huesudas. Su rostro blancuzco parecía tallado a imagen y semejanza de la cáscara de una nuez; mil arrugas lo surcaban. Sin embargo, lo más llamativo de aquella cara desgastada por los años eran los ojos: casi blancos, apagados, sin alma. Araceli era ciega.".