martes, 19 de agosto de 2014

Treinta estrellas dentro de un pozo

Un pájaro observa el mundo posado sobre una rama. Mira la lluvia con tranquilidad, ajeno al chaparrón, guarnecido del agua por la frondosidad del árbol. Es un cuervo negro, majestuoso. Bajo su atenta mirada, un hombre corre calle arriba: viste gabardina gris y sombrero, también gris. De su mano derecha cuelga un maletín de cuero. Está empapado y del sombrero, borsalino, se descuelga una improvisada y diminuta cascada. En la boca lleva un cigarrillo apagado y mojado, que se balancea entre sus labios. De repente, el tipo para en seco, se sacude como un perro recién bañado y entra en una cafetería, donde ha quedado con un hombre metido en la treintena y aspecto descuidado, quien lo espera tras una mesa y una taza de café. Ardiente, a tenor del humo blanco que asciende desde la cavidad del vaso.
––Disculpe la tardanza, con este tiempo y mi cabeza, ha sido muy complicado dar con la cafetería.
En realidad es más bien una taberna, aunque a esa hora y en lunes, a nadie le apetezca beber alcohol. En las mesas contiguas sólo hay amas de casa y estudiantes. 
––No se preocupe, doctor, tiempo es precisamente lo único que me sobra.
Con gesto contrariado y, tras pedir en silencio el permiso de su acompañante, el doctor se quita el abrigo y lo cuelga del respaldo de la silla. Después hace lo mismo con el sombrero, aunque esta vez lo apoya sobre la mesa. El camarero se acerca y los dos, a pesar de que el hombre que esperaba aún no ha tocado el que ya tiene entre manos, piden cafés y vasos de agua.
––Vaya verano llevamos, Eduardo. En pleno agosto y ya ve, lloviendo a cántaros. Como no mejore pronto, me temo que mis vacaciones familiares en la playa van a ser más bien en la piscina climatizada del hotel.
––Bueno, a veces es mejor así. La playa como concepto está genial, pero luego resulta de lo más engorrosa. Hay medusas, el agua está sucia y la arena, quieras o no, se te mete por todas partes y no te suelta en todo el día. Al final, al llegar a casa, siempre tienes que darte una ducha, a pesar de haber pasado el día en remojo. Ironías de la vida.
El doctor asiente, pensativo. Mira al suelo, se alisa la camisa, hecha un guiñapo tras tanta carrera y chaparrón, suspira.
––El agua no siempre limpia. Usted lo sabe muy bien.
Eduardo se encoge de hombros.
––Sé cosas y, a la vez, no sé nada. Siempre me ha pasado, desde que tengo uso de razón.
Es el médico quien se encoge de hombros esta vez.
––Puede, pero permítame tomarme el café antes de entrar en materia y comenzar con los juegos de palabras. Hoy, no sé muy bien por qué, estoy de lo más espeso. Será el tiempo o que es lunes. A saber.
––Por supuesto. Todo en este mundo puede esperar y más aún si el asunto a tratar son los desvaríos de un demente.
El doctor hace un gesto en el aire con la mano derecha, como si espantara moscas o, en este caso, palabras. Tiene el ceño fruncido, el labio torcido, la nariz arrugada.
––Usted no está loco, por mucho que insista en añadirse semejante calificativo. Tiene problemas, claro, pero ¿quién no los tiene?
El tipo sonríe y asegura:
––Usted, por ejemplo. Hace poco lo demostraba, quizá sin querer. Su mayor preocupación ahora mismo son las vacaciones de verano que, con este tiempo, tal vez no sean tan placenteras como han de ser, se supone, unas vacaciones. No podría darle mi opinión sobre este asunto, pues he de admitir que nunca he trabajado y, por lo tanto, jamás me han correspondido vacaciones.
Llega el camarero con los cafés y los vasos de agua. Es joven, alto y delgado. Luce un ridículo bigote como el que caracterizó a Dalí. Un mostacho que, sin la personalidad del artista, queda tan mal como beber de la cisterna del retrete. Deja los cuatro vasos sobre la mesa y se marcha, raudo, hacia una pareja de cuarentonas que discuten acaloradamente unas cuantas mesas más allá.
––Un día ha de explicarme de dónde saca el dinero para vivir y, sobre todo, para satisfacer mis honorarios.
Otra sonrisa, un cabeceo afirmativo.
––Descuide, lo haré a su debido tiempo. Por ahora, vamos a centrarnos en el asunto que nos ha traído hasta aquí: mi última pesadilla, tan recurrente como repetitiva.
––Está bien. Cada cosa a tu tiempo. ––Da un sorbo al café, incita––: Soy todo oídos, dispare.
Eduardo coloca una taza de café junto a la otra, las observa con detenimiento pero no prueba ninguna de las dos. Se queda así, con la mirada fija en los vasos, casi un minuto, luego dice:
––Despierto en un pozo. Es oscuro, húmedo y huele a orines. El suelo es de tierra y arriba, muy arriba, se intuye el cielo nocturno, estrellado. De fondo suena música clásica que no reconozco y un sonido confuso que tampoco logro descifrar, pero bien parecen las palabras de un alocado poeta que recita versos sin ton ni son. Estoy atado con grilletes y, a pesar de eso, sonrío, siempre estoy sonriente, como si hubiera descubierto un gran secreto que, hasta entonces, me había pasado desapercibido.



Para aquí, traga saliva, bebe agua y coge aire. El doctor lo observa, interesado.
––Soñar con pozos es algo normal. A mucha gente le pasa. A mucha más de la que imagina. Su interpretación es amplia y depende de cada individuo en concreto. Desde ansias de libertad hasta miedo a destacar. Como le digo, existen numerosas formas de leer un sueño así: tendríamos que profundizar más, ahondar un poco más en su interior, Eduardo.
––Espero que no me pida que le hable de mi madre, porque no pienso hacerlo. Prefiero que nos ahorremos esa parte, doctor. Además, eso es sólo el principio. Estoy seguro de que una vez conozca el contenido completo de mi pesadilla, ya no opinará lo mismo. Le aseguro que mi sueño es de lo más original.
––De acuerdo. No le interrumpo más. Continúe ––pide el doctor, quien da un nuevo sorbo al café.
––Intento escapar, por supuesto, pero como le he dicho antes, estoy atado con grilletes. Apenas puedo moverme. Grito como loco, para ver si alguien puede escuchar mi voz, quizá el poeta. Para mi sorpresa, a mi llamada, acude un oso. Un oso grande y peludo. Un grizzlie, creo, pero no estoy seguro del todo. Se asoma y, con una voz muy ronca, me pregunta si estoy bien y que qué demonios hago ahí abajo, metido en el pozo. No sé qué responder, nunca antes he hablado con un oso. Por eso, me limito a implorar ayuda. El animal me pide que me tranquilice mientras va en busca de alguien que pueda ayudarme a salir de allí, pues él, con sus garras y pezuñas, es incapaz de sacarme. Pasa mucho rato. Las estrellas siguen brillando en un firmamento oscuro como el tizón. Finalmente, un gato negro se asoma a la boca del pozo y, con una agilidad asombrosa, desciende a saltos hasta el fondo, yendo de pared en pared. Una vez abajo, araña los grilletes y éstos, como si fueran de papel, se deshacen y se convierten en polvo.
Hace otra pausa, a medio camino entre la teatralidad y el descanso necesario de la voz y la saliva.
––En verdad que es un sueño de lo más particular el suyo. Por lo menos hasta ahora ––asegura el doctor.
––Aún queda mucho. Agárrese a la silla y escuche con atención. Lo que viene a continuación es incluso más extraño que lo anterior. El gato, una vez dentro y tras haberme liberado, se transforma en una mariposa gigante, de tamaño humano. Es tan grande que a duras penas consigue desplegar las alas. Sin mediar palabra, el insecto se agacha y me incita a que me suba a su lomo. Obedezco, claro, pues no existe otra opción posible. Luego asciende como puede por el hueco: vuela despacio, intentando no arañarse ni golpearse con las paredes. Una vez estamos fuera, deshace la metamorfosis y recupera su forma gatuna. En la superficie me esperan el oso y un viejo andrajoso al que le faltan los dedos de los pies. No tiene ni uno. Dos muñones informes los sustituyen.
El médico pide una tregua.
––Espere, por favor. No sé si le sigo. Demasiada información en poco tiempo ––corta el médico, quien termina el café de un trago––. La mezcla es muy curiosa. Un gato negro que se transforma en mariposa, un oso parlanchín y un anciano con los dedos de los pies amputados. En verdad curiosa. Jamás había escuchado algo semejante, de eso no le quepa duda. Déjeme anotarlo todo, no me gustaría perder detalle. ––Eduardo asiente, conforme. El médico extrae del bolsillo de la gabardina una pequeña libreta y un bolígrafo, empieza a escribir con frenesí. Cuando acaba, dice––: ¿Qué ocurre a continuación?
En la tele, puesta de fondo, echan una película rarísima en la que un adolescente habla con un tipo que va disfrazado con un traje de conejo de aspecto siniestro.
––Salgo fuera y observo el panorama ––prosigue––. La música surge de un aparato de radio extraído de los primeros compases del siglo veinte, amén de estar lleno de manchas de pintura. Estamos en una especie de erial, seco y pedregoso pero donde, para mi sorpresa, crecen unos arbustos de más de un metro de alto que se asemejan en forma a las setas que suelen crecer en los chopos. Junto al aparato de radio hay un tablero de ajedrez, donde, en un análisis somero, las fichas negras llevan una ligera ventaja. En efecto, el anciano está hablando en voz baja y recita algunos pasajes de Hamlet. De literatura sí entiendo algo y no me costó demasiado esfuerzo reconocer las citas surgidas de la pluma de Shakespeare. Como no sé muy bien cómo reaccionar ante una tesitura como la que tengo delante de las narices, procedo a preguntar dónde estoy y si, por alguna casualidad, alguno sabe cómo salir de aquel desierto. Es el oso quien me contesta. Apoyado en su voz de gánster neoyorquino de los años veinte, dice: «estás en un sueño, como muy bien sabes. En el sueño de alguien que duerme y que es, a su vez, soñador soñado. Salir… Bueno, no existe dicha posibilidad. Pero se puede despertar y afrontar una de las múltiples realidades». Le he reproducido las palabras tal cual las pronuncia. Las tengo apuntadas. A la tercera vez en que la pesadilla se repitió, decidí ponerlas por escrito. Memorizarlas ha sido casi inevitable. Como cuando quieres evitar llamar a tu exnovia y borras su número del teléfono: sin embargo, lo tienes bien guardado en la memoria.
El psiquiatra apunta con entusiasmo. Garabatea palabras y más palabras. Su letra es ilegible: parece que escriba en un idioma extranjero.
––Intentemos sacar algo en claro. Llegados a este punto, hay ciertos aspectos que convendría tratar de esclarecer. Tenemos un pozo, un gato-mariposa, un tablero de ajedrez, un desierto donde hay arbustos con forma de setas, un oso que habla y un viejo sin dedos de los pies que recita a Shakespeare, ¿voy bien?
––Sí. No olvide, además, que es noche cerrada y el cielo está estrellado. Tal vez pueda tener alguna relevancia.
––Tal vez ––admite el doctor––. «Estás en un sueño, como muy bien sabes. En el sueño de alguien que duerme y que es, a su vez, soñador soñado. Salir… Bueno, no existe dicha posibilidad. Pero se puede despertar y afrontar una de las múltiples realidades». Una frase de lo más curiosa que, para serle sincero, no termino de entender ni descifrar. ¿Qué demonios significa? Sueños, soñadores soñados, ¿qué quiere decir? ¿Tiene alguna idea? ¿Le sugiere algo?
El hombre de pelo desgreñado y barba poblada carraspea y sonríe con mayor amplitud, mostrando unos dientes muy blancos, que contrastan con su aspecto general.
––Otra vez quiere que hablemos sobre mi madre y los traumas de mi infancia. Olvídelo, no hay ninguno. Mi madre era y es una santa mujer y, mi padre, un honrado comerciante. Ambos están ya jubilados y viven con tranquilidad en un pueblecito de la costa.
El doctor hace un gesto negativo con la mano, dice:
––Créame: no me interesa lo más mínimo su infancia ni conocer cosas sobre su madre. Mi pregunta es clara, directa y sincera. Estoy perdido, lo admito. Su narración supera mis expectativas, no sé por dónde cogerla. Muchos extraños elementos y personajes reunidos en un mismo marco. Pero no se preocupe: intentaremos aclarar el porqué de esta extraña reunión. Cuénteme qué le sugiere a usted. ¿Por qué cree que la misma pesadilla se repite una noche tras otra?
Eduardo se encoge de hombros.
––Porque estoy loco, ya se lo he dicho. Son únicamente los desvaríos de un demente. De todos modos, ¿ha visto Matrix, doctor?
Niega con la cabeza.
––No, pero he oído hablar de ella y creo que, más o menos, sé de qué va. Algo sobre un mundo dominado por máquinas y una realidad virtual donde los humanos viven engañados, ¿no es así?
––Bueno, es algo mucho más profundo, pero más o menos sí, es eso. Un elegido ha de salvar a la humanidad de una existencia de esclavitud, sometida al yugo de las máquinas. Sin querer darme ínfulas de lo que no soy, veo ciertas similitudes. Quizá el sueño no se refiera a viejos traumas, miedos o desesperanzas, tal vez responda a una pregunta más grande, tal vez forme parte de un puzzle más complejo. Pienso que se trata de una revelación. De una llamada de atención. Algo así como: «eh, tú, ¿a qué demonios estás esperando? Es hora de que muevas el culo y hagas algo». Abrir los ojos, en definitiva.
El doctor vuelve a sacudir la cabeza en gesto negativo.
––No, no y no. Eso sí que no tiene ni pies ni cabeza. No diga tonterías. En la práctica moderna no todo se soluciona recurriendo a Freud. A veces hay que ir un poco más allá. Investigar, explorar otras teorías, otras corrientes de pensamiento. Pero no por mucho que crea que puede usted volar, en verdad podrá hacerlo. Incluso aunque se construyera unas alas. Los pájaros puede volar, no los hombres.
––Un hombre puede hacer cualquier cosa que se proponga. Además, aquí no estamos hablando de un terreno concreto, tangible. Nos estamos moviendo por aguas turbulentas, inseguras: hablamos de la irrealidad del mundo onírico. La cuestión que se plantea es, ¿cómo sabemos, usted y yo, que existimos en realidad? ¿No podríamos ser el sueño de alguien que duerme? ¿Por qué no, al mismo tiempo, este primer soñador no puede ser el sueño de un segundo? Sueños que se superponen, realidades que se mezclan y se solapan hasta llegar, supongo, a un nivel superior, donde descansa el soñador original y, a la postre, único ser real.
––Stop. Pare, en serio. Soy hombre de ciencia y, esto que plantea, es ciencia ficción pura y dura. Para una novela puede ser un argumento interesante, incluso, diría, ya que menciona películas, que hay una con un argumento semejante, aunque sin mariposas gigantes ni osos parlanchines. Pero no, en mi disciplina no hay hueco para las fantasías de este tipo. Olvídese de esa interpretación, Eduardo. Nada de esto tiene que ver conmigo ni con usted. Me temo que el asunto que nos atañe es mucho más mundano, sencillo. Aquí no hay máquinas que esclavizan, duendes ni hombrecitos verdes. Hablamos de los recovecos de su mente, de sus traumas y sus miedos más arraigados. Algo guarda dentro que le hace soñar con esa reunión y ese paisaje irreal. En su grado de colaboración queda que podamos aclarar y solucionar este asunto. Cuanto más ayude, antes le daremos carpetazo y usted podrá volver a dormir tranquilo.
––De acuerdo, intentémoslo a su manera, doctor. Le escucho.
El reloj de pared de la taberna marca las tres y treinta y tres. El psiquiatra, extrañado, comprueba la hora en su muñeca: son las cinco y cuarenta y un minutos de la tarde. Las horas no le cuadraban, pero la explicación es muy sencilla: el reloj del bar está parado, roto.
––En mi opinión, usted tiene un problema de personalidad. Quiso ser una cosa, escritor, publicista o banquero, no lo sé, pero de repente decidió cambiar y se vio atrapado en una vida que no le gustaba. Su futuro lo encontraba sombrío y vacío y a su alrededor se encontraban personas a las que no entendía; ni ellos, claro está, lo entendían a usted. Es solitario, distante y antisocial. Todo estos problemas persisten hoy en día y se corresponden, de manera alegórica, con los diferentes personajes y elementos que componen su pesadilla, Eduardo. Lo sabe bien. Malas decisiones pasadas que repercuten en el futuro. Pero todavía está a tiempo de cambiar, de borrar de un plumazo la vida que no le gusta y sustituirla por una que le convenza. Si quiere escribir, hágalo. Sirva también  esto para si desea pintar o montar un bar de copas. El fin es lo de menos, lo importante es el medio, esa mentalidad de cambio de la que le hablo. Si necesita dinero, pídaselo al banco. Endéudese, arriesgue, gane, pierda. Viva. De este modo, saldrá adelante y dejarán de atormentarle pesadillas como la que me ha relatado y otras semejantes que, seguro, vendrían después de ésta. ––Calla, suspira, se alisa una vez más las arrugas de la camisa, sentencia––: Éste es mi veredicto y diagnóstico final.
La sonrisa del paciente se ensancha, termina su vaso de agua: el café no lo ha probado. La película termina y vuelve a comenzar desde el principio, activado el modo repetición. El bar está mucho más lleno que hace una hora.
––Es una manera de verlo, claro. Por eso le he llamado y para eso le pago. Quería oír justamente eso: una opinión práctica, facultativa. Sin embargo, he decidido ir más allá, someter esta locura a un análisis más profundo, a, llamémoslo así, una terapia de choque.
Se levanta, saca una pistola del bolsillo del pantalón, fija sus ojos en el psiquiatra, quien lo mira desorbitado, perplejo. Se ha agarrado a la silla, incapaz de reaccionar. Pasan unos segundos, unas pequeñas eternidades. Cuando el griterío se ha adueñado de la sala y el resto de clientes se levantan ya de sus sillas y escapan del local a todo correr, pegados a sus teléfonos móviles, Eduardo guiña un ojo a su psiquiatra y aprieta el gatillo.






Cuando abre los ojos, una cabeza de caballo lo observa con atención. De fondo se oye goteo de agua. Está sobre una cama, tumbado. La habitación huele a sábanas recién lavadas. Fuera, está nevando. Se incorpora un poco, da una palmada en el hombro al chico, quien se quita la máscara y se limpia el sudor. Luego respira con calma, disfruta del aire que entra en sus pulmones, se acaricia las sienes y sonríe, complacido.


FIN.