miércoles, 10 de septiembre de 2014

Prueba de que sigo vivo

He vuelto. Tras dos relatos, me he puesto a repasar y a terminar la novela que tengo empezada. No sé cuándo la acabaré, porque estoy vago. Después de unos años de locura, llegó el momento de tomarse las cosas con más calma y disfrutar de cada novela escrita. Aquí un fragmento.

"Tristán termina de engullir una galleta, traga saliva, se mira las rodillas, como si en ellas estuviera la respuesta. La pregunta es sencilla, pero al chico le cuesta horrores responderla, articular palabras, como cuando se enfrenta a uno de esos problemas matemáticos en que dos trenes salen de distintas estaciones y, tarde o temprano, han de encontrarse. Porque, al final, todos los trenes se encuentran. Llegan a sus respectivas estaciones, donde hombres y mujeres aguardan a otros hombres y mujeres, tanto tiempo anhelados y que, por fin, están otra vez allí, con ellos".



Un abrazo, blogonautas ;)

martes, 19 de agosto de 2014

Treinta estrellas dentro de un pozo

Un pájaro observa el mundo posado sobre una rama. Mira la lluvia con tranquilidad, ajeno al chaparrón, guarnecido del agua por la frondosidad del árbol. Es un cuervo negro, majestuoso. Bajo su atenta mirada, un hombre corre calle arriba: viste gabardina gris y sombrero, también gris. De su mano derecha cuelga un maletín de cuero. Está empapado y del sombrero, borsalino, se descuelga una improvisada y diminuta cascada. En la boca lleva un cigarrillo apagado y mojado, que se balancea entre sus labios. De repente, el tipo para en seco, se sacude como un perro recién bañado y entra en una cafetería, donde ha quedado con un hombre metido en la treintena y aspecto descuidado, quien lo espera tras una mesa y una taza de café. Ardiente, a tenor del humo blanco que asciende desde la cavidad del vaso.
––Disculpe la tardanza, con este tiempo y mi cabeza, ha sido muy complicado dar con la cafetería.
En realidad es más bien una taberna, aunque a esa hora y en lunes, a nadie le apetezca beber alcohol. En las mesas contiguas sólo hay amas de casa y estudiantes. 
––No se preocupe, doctor, tiempo es precisamente lo único que me sobra.
Con gesto contrariado y, tras pedir en silencio el permiso de su acompañante, el doctor se quita el abrigo y lo cuelga del respaldo de la silla. Después hace lo mismo con el sombrero, aunque esta vez lo apoya sobre la mesa. El camarero se acerca y los dos, a pesar de que el hombre que esperaba aún no ha tocado el que ya tiene entre manos, piden cafés y vasos de agua.
––Vaya verano llevamos, Eduardo. En pleno agosto y ya ve, lloviendo a cántaros. Como no mejore pronto, me temo que mis vacaciones familiares en la playa van a ser más bien en la piscina climatizada del hotel.
––Bueno, a veces es mejor así. La playa como concepto está genial, pero luego resulta de lo más engorrosa. Hay medusas, el agua está sucia y la arena, quieras o no, se te mete por todas partes y no te suelta en todo el día. Al final, al llegar a casa, siempre tienes que darte una ducha, a pesar de haber pasado el día en remojo. Ironías de la vida.
El doctor asiente, pensativo. Mira al suelo, se alisa la camisa, hecha un guiñapo tras tanta carrera y chaparrón, suspira.
––El agua no siempre limpia. Usted lo sabe muy bien.
Eduardo se encoge de hombros.
––Sé cosas y, a la vez, no sé nada. Siempre me ha pasado, desde que tengo uso de razón.
Es el médico quien se encoge de hombros esta vez.
––Puede, pero permítame tomarme el café antes de entrar en materia y comenzar con los juegos de palabras. Hoy, no sé muy bien por qué, estoy de lo más espeso. Será el tiempo o que es lunes. A saber.
––Por supuesto. Todo en este mundo puede esperar y más aún si el asunto a tratar son los desvaríos de un demente.
El doctor hace un gesto en el aire con la mano derecha, como si espantara moscas o, en este caso, palabras. Tiene el ceño fruncido, el labio torcido, la nariz arrugada.
––Usted no está loco, por mucho que insista en añadirse semejante calificativo. Tiene problemas, claro, pero ¿quién no los tiene?
El tipo sonríe y asegura:
––Usted, por ejemplo. Hace poco lo demostraba, quizá sin querer. Su mayor preocupación ahora mismo son las vacaciones de verano que, con este tiempo, tal vez no sean tan placenteras como han de ser, se supone, unas vacaciones. No podría darle mi opinión sobre este asunto, pues he de admitir que nunca he trabajado y, por lo tanto, jamás me han correspondido vacaciones.
Llega el camarero con los cafés y los vasos de agua. Es joven, alto y delgado. Luce un ridículo bigote como el que caracterizó a Dalí. Un mostacho que, sin la personalidad del artista, queda tan mal como beber de la cisterna del retrete. Deja los cuatro vasos sobre la mesa y se marcha, raudo, hacia una pareja de cuarentonas que discuten acaloradamente unas cuantas mesas más allá.
––Un día ha de explicarme de dónde saca el dinero para vivir y, sobre todo, para satisfacer mis honorarios.
Otra sonrisa, un cabeceo afirmativo.
––Descuide, lo haré a su debido tiempo. Por ahora, vamos a centrarnos en el asunto que nos ha traído hasta aquí: mi última pesadilla, tan recurrente como repetitiva.
––Está bien. Cada cosa a tu tiempo. ––Da un sorbo al café, incita––: Soy todo oídos, dispare.
Eduardo coloca una taza de café junto a la otra, las observa con detenimiento pero no prueba ninguna de las dos. Se queda así, con la mirada fija en los vasos, casi un minuto, luego dice:
––Despierto en un pozo. Es oscuro, húmedo y huele a orines. El suelo es de tierra y arriba, muy arriba, se intuye el cielo nocturno, estrellado. De fondo suena música clásica que no reconozco y un sonido confuso que tampoco logro descifrar, pero bien parecen las palabras de un alocado poeta que recita versos sin ton ni son. Estoy atado con grilletes y, a pesar de eso, sonrío, siempre estoy sonriente, como si hubiera descubierto un gran secreto que, hasta entonces, me había pasado desapercibido.



Para aquí, traga saliva, bebe agua y coge aire. El doctor lo observa, interesado.
––Soñar con pozos es algo normal. A mucha gente le pasa. A mucha más de la que imagina. Su interpretación es amplia y depende de cada individuo en concreto. Desde ansias de libertad hasta miedo a destacar. Como le digo, existen numerosas formas de leer un sueño así: tendríamos que profundizar más, ahondar un poco más en su interior, Eduardo.
––Espero que no me pida que le hable de mi madre, porque no pienso hacerlo. Prefiero que nos ahorremos esa parte, doctor. Además, eso es sólo el principio. Estoy seguro de que una vez conozca el contenido completo de mi pesadilla, ya no opinará lo mismo. Le aseguro que mi sueño es de lo más original.
––De acuerdo. No le interrumpo más. Continúe ––pide el doctor, quien da un nuevo sorbo al café.
––Intento escapar, por supuesto, pero como le he dicho antes, estoy atado con grilletes. Apenas puedo moverme. Grito como loco, para ver si alguien puede escuchar mi voz, quizá el poeta. Para mi sorpresa, a mi llamada, acude un oso. Un oso grande y peludo. Un grizzlie, creo, pero no estoy seguro del todo. Se asoma y, con una voz muy ronca, me pregunta si estoy bien y que qué demonios hago ahí abajo, metido en el pozo. No sé qué responder, nunca antes he hablado con un oso. Por eso, me limito a implorar ayuda. El animal me pide que me tranquilice mientras va en busca de alguien que pueda ayudarme a salir de allí, pues él, con sus garras y pezuñas, es incapaz de sacarme. Pasa mucho rato. Las estrellas siguen brillando en un firmamento oscuro como el tizón. Finalmente, un gato negro se asoma a la boca del pozo y, con una agilidad asombrosa, desciende a saltos hasta el fondo, yendo de pared en pared. Una vez abajo, araña los grilletes y éstos, como si fueran de papel, se deshacen y se convierten en polvo.
Hace otra pausa, a medio camino entre la teatralidad y el descanso necesario de la voz y la saliva.
––En verdad que es un sueño de lo más particular el suyo. Por lo menos hasta ahora ––asegura el doctor.
––Aún queda mucho. Agárrese a la silla y escuche con atención. Lo que viene a continuación es incluso más extraño que lo anterior. El gato, una vez dentro y tras haberme liberado, se transforma en una mariposa gigante, de tamaño humano. Es tan grande que a duras penas consigue desplegar las alas. Sin mediar palabra, el insecto se agacha y me incita a que me suba a su lomo. Obedezco, claro, pues no existe otra opción posible. Luego asciende como puede por el hueco: vuela despacio, intentando no arañarse ni golpearse con las paredes. Una vez estamos fuera, deshace la metamorfosis y recupera su forma gatuna. En la superficie me esperan el oso y un viejo andrajoso al que le faltan los dedos de los pies. No tiene ni uno. Dos muñones informes los sustituyen.
El médico pide una tregua.
––Espere, por favor. No sé si le sigo. Demasiada información en poco tiempo ––corta el médico, quien termina el café de un trago––. La mezcla es muy curiosa. Un gato negro que se transforma en mariposa, un oso parlanchín y un anciano con los dedos de los pies amputados. En verdad curiosa. Jamás había escuchado algo semejante, de eso no le quepa duda. Déjeme anotarlo todo, no me gustaría perder detalle. ––Eduardo asiente, conforme. El médico extrae del bolsillo de la gabardina una pequeña libreta y un bolígrafo, empieza a escribir con frenesí. Cuando acaba, dice––: ¿Qué ocurre a continuación?
En la tele, puesta de fondo, echan una película rarísima en la que un adolescente habla con un tipo que va disfrazado con un traje de conejo de aspecto siniestro.
––Salgo fuera y observo el panorama ––prosigue––. La música surge de un aparato de radio extraído de los primeros compases del siglo veinte, amén de estar lleno de manchas de pintura. Estamos en una especie de erial, seco y pedregoso pero donde, para mi sorpresa, crecen unos arbustos de más de un metro de alto que se asemejan en forma a las setas que suelen crecer en los chopos. Junto al aparato de radio hay un tablero de ajedrez, donde, en un análisis somero, las fichas negras llevan una ligera ventaja. En efecto, el anciano está hablando en voz baja y recita algunos pasajes de Hamlet. De literatura sí entiendo algo y no me costó demasiado esfuerzo reconocer las citas surgidas de la pluma de Shakespeare. Como no sé muy bien cómo reaccionar ante una tesitura como la que tengo delante de las narices, procedo a preguntar dónde estoy y si, por alguna casualidad, alguno sabe cómo salir de aquel desierto. Es el oso quien me contesta. Apoyado en su voz de gánster neoyorquino de los años veinte, dice: «estás en un sueño, como muy bien sabes. En el sueño de alguien que duerme y que es, a su vez, soñador soñado. Salir… Bueno, no existe dicha posibilidad. Pero se puede despertar y afrontar una de las múltiples realidades». Le he reproducido las palabras tal cual las pronuncia. Las tengo apuntadas. A la tercera vez en que la pesadilla se repitió, decidí ponerlas por escrito. Memorizarlas ha sido casi inevitable. Como cuando quieres evitar llamar a tu exnovia y borras su número del teléfono: sin embargo, lo tienes bien guardado en la memoria.
El psiquiatra apunta con entusiasmo. Garabatea palabras y más palabras. Su letra es ilegible: parece que escriba en un idioma extranjero.
––Intentemos sacar algo en claro. Llegados a este punto, hay ciertos aspectos que convendría tratar de esclarecer. Tenemos un pozo, un gato-mariposa, un tablero de ajedrez, un desierto donde hay arbustos con forma de setas, un oso que habla y un viejo sin dedos de los pies que recita a Shakespeare, ¿voy bien?
––Sí. No olvide, además, que es noche cerrada y el cielo está estrellado. Tal vez pueda tener alguna relevancia.
––Tal vez ––admite el doctor––. «Estás en un sueño, como muy bien sabes. En el sueño de alguien que duerme y que es, a su vez, soñador soñado. Salir… Bueno, no existe dicha posibilidad. Pero se puede despertar y afrontar una de las múltiples realidades». Una frase de lo más curiosa que, para serle sincero, no termino de entender ni descifrar. ¿Qué demonios significa? Sueños, soñadores soñados, ¿qué quiere decir? ¿Tiene alguna idea? ¿Le sugiere algo?
El hombre de pelo desgreñado y barba poblada carraspea y sonríe con mayor amplitud, mostrando unos dientes muy blancos, que contrastan con su aspecto general.
––Otra vez quiere que hablemos sobre mi madre y los traumas de mi infancia. Olvídelo, no hay ninguno. Mi madre era y es una santa mujer y, mi padre, un honrado comerciante. Ambos están ya jubilados y viven con tranquilidad en un pueblecito de la costa.
El doctor hace un gesto negativo con la mano, dice:
––Créame: no me interesa lo más mínimo su infancia ni conocer cosas sobre su madre. Mi pregunta es clara, directa y sincera. Estoy perdido, lo admito. Su narración supera mis expectativas, no sé por dónde cogerla. Muchos extraños elementos y personajes reunidos en un mismo marco. Pero no se preocupe: intentaremos aclarar el porqué de esta extraña reunión. Cuénteme qué le sugiere a usted. ¿Por qué cree que la misma pesadilla se repite una noche tras otra?
Eduardo se encoge de hombros.
––Porque estoy loco, ya se lo he dicho. Son únicamente los desvaríos de un demente. De todos modos, ¿ha visto Matrix, doctor?
Niega con la cabeza.
––No, pero he oído hablar de ella y creo que, más o menos, sé de qué va. Algo sobre un mundo dominado por máquinas y una realidad virtual donde los humanos viven engañados, ¿no es así?
––Bueno, es algo mucho más profundo, pero más o menos sí, es eso. Un elegido ha de salvar a la humanidad de una existencia de esclavitud, sometida al yugo de las máquinas. Sin querer darme ínfulas de lo que no soy, veo ciertas similitudes. Quizá el sueño no se refiera a viejos traumas, miedos o desesperanzas, tal vez responda a una pregunta más grande, tal vez forme parte de un puzzle más complejo. Pienso que se trata de una revelación. De una llamada de atención. Algo así como: «eh, tú, ¿a qué demonios estás esperando? Es hora de que muevas el culo y hagas algo». Abrir los ojos, en definitiva.
El doctor vuelve a sacudir la cabeza en gesto negativo.
––No, no y no. Eso sí que no tiene ni pies ni cabeza. No diga tonterías. En la práctica moderna no todo se soluciona recurriendo a Freud. A veces hay que ir un poco más allá. Investigar, explorar otras teorías, otras corrientes de pensamiento. Pero no por mucho que crea que puede usted volar, en verdad podrá hacerlo. Incluso aunque se construyera unas alas. Los pájaros puede volar, no los hombres.
––Un hombre puede hacer cualquier cosa que se proponga. Además, aquí no estamos hablando de un terreno concreto, tangible. Nos estamos moviendo por aguas turbulentas, inseguras: hablamos de la irrealidad del mundo onírico. La cuestión que se plantea es, ¿cómo sabemos, usted y yo, que existimos en realidad? ¿No podríamos ser el sueño de alguien que duerme? ¿Por qué no, al mismo tiempo, este primer soñador no puede ser el sueño de un segundo? Sueños que se superponen, realidades que se mezclan y se solapan hasta llegar, supongo, a un nivel superior, donde descansa el soñador original y, a la postre, único ser real.
––Stop. Pare, en serio. Soy hombre de ciencia y, esto que plantea, es ciencia ficción pura y dura. Para una novela puede ser un argumento interesante, incluso, diría, ya que menciona películas, que hay una con un argumento semejante, aunque sin mariposas gigantes ni osos parlanchines. Pero no, en mi disciplina no hay hueco para las fantasías de este tipo. Olvídese de esa interpretación, Eduardo. Nada de esto tiene que ver conmigo ni con usted. Me temo que el asunto que nos atañe es mucho más mundano, sencillo. Aquí no hay máquinas que esclavizan, duendes ni hombrecitos verdes. Hablamos de los recovecos de su mente, de sus traumas y sus miedos más arraigados. Algo guarda dentro que le hace soñar con esa reunión y ese paisaje irreal. En su grado de colaboración queda que podamos aclarar y solucionar este asunto. Cuanto más ayude, antes le daremos carpetazo y usted podrá volver a dormir tranquilo.
––De acuerdo, intentémoslo a su manera, doctor. Le escucho.
El reloj de pared de la taberna marca las tres y treinta y tres. El psiquiatra, extrañado, comprueba la hora en su muñeca: son las cinco y cuarenta y un minutos de la tarde. Las horas no le cuadraban, pero la explicación es muy sencilla: el reloj del bar está parado, roto.
––En mi opinión, usted tiene un problema de personalidad. Quiso ser una cosa, escritor, publicista o banquero, no lo sé, pero de repente decidió cambiar y se vio atrapado en una vida que no le gustaba. Su futuro lo encontraba sombrío y vacío y a su alrededor se encontraban personas a las que no entendía; ni ellos, claro está, lo entendían a usted. Es solitario, distante y antisocial. Todo estos problemas persisten hoy en día y se corresponden, de manera alegórica, con los diferentes personajes y elementos que componen su pesadilla, Eduardo. Lo sabe bien. Malas decisiones pasadas que repercuten en el futuro. Pero todavía está a tiempo de cambiar, de borrar de un plumazo la vida que no le gusta y sustituirla por una que le convenza. Si quiere escribir, hágalo. Sirva también  esto para si desea pintar o montar un bar de copas. El fin es lo de menos, lo importante es el medio, esa mentalidad de cambio de la que le hablo. Si necesita dinero, pídaselo al banco. Endéudese, arriesgue, gane, pierda. Viva. De este modo, saldrá adelante y dejarán de atormentarle pesadillas como la que me ha relatado y otras semejantes que, seguro, vendrían después de ésta. ––Calla, suspira, se alisa una vez más las arrugas de la camisa, sentencia––: Éste es mi veredicto y diagnóstico final.
La sonrisa del paciente se ensancha, termina su vaso de agua: el café no lo ha probado. La película termina y vuelve a comenzar desde el principio, activado el modo repetición. El bar está mucho más lleno que hace una hora.
––Es una manera de verlo, claro. Por eso le he llamado y para eso le pago. Quería oír justamente eso: una opinión práctica, facultativa. Sin embargo, he decidido ir más allá, someter esta locura a un análisis más profundo, a, llamémoslo así, una terapia de choque.
Se levanta, saca una pistola del bolsillo del pantalón, fija sus ojos en el psiquiatra, quien lo mira desorbitado, perplejo. Se ha agarrado a la silla, incapaz de reaccionar. Pasan unos segundos, unas pequeñas eternidades. Cuando el griterío se ha adueñado de la sala y el resto de clientes se levantan ya de sus sillas y escapan del local a todo correr, pegados a sus teléfonos móviles, Eduardo guiña un ojo a su psiquiatra y aprieta el gatillo.






Cuando abre los ojos, una cabeza de caballo lo observa con atención. De fondo se oye goteo de agua. Está sobre una cama, tumbado. La habitación huele a sábanas recién lavadas. Fuera, está nevando. Se incorpora un poco, da una palmada en el hombro al chico, quien se quita la máscara y se limpia el sudor. Luego respira con calma, disfruta del aire que entra en sus pulmones, se acaricia las sienes y sonríe, complacido.


FIN.

miércoles, 30 de abril de 2014

Avances.

Últimamente estoy vago, algo despojo. Apenas escribo, aunque tampoco me preocupa en exceso. Es una novela que estoy escribiendo en ataques de locura, sin una gran constancia. Me acerco ya a las 70.000 palabras y la historia atraviesa un punto triste, vital. Veremos cómo sigue.

"Suspira, trata de serenar su agitado corazón, de calmar su descontrolado pulso, pero es incapaz de hacerlo. Palomas anónimas se desgañitan en el tejado. El mundo gira, gira y gira. Las hojas caerán en otoño. Los amaneceres sucederán a las noches y viceversa. La lluvia limpiará la conciencia de unos y enturbiará la de otros. Todo seguirá yendo hacia adelante, como siempre. Tristán mira a través de la ventana en busca de unos ojos marrones moldeados en el barro primigenio, unos ojos que sabe que lo observan desde algún lugar. Desde un punto apartado de la realidad común, quizá escapados del universo tras el espejo. Tristán intuye la mirada, pero no logra ver los ojos, aunque sabe que son los de Penélope. Es la cuarta ocasión en que se suena el Réquiem y, por primera vez en mucho tiempo, Tristán se sorprende a sí mismo pensando en la idea de suicidarse".

Hoy quiero dejar una canción, asociada de alguna manera a la obra.


Un abrazo, blogonautas.

miércoles, 16 de abril de 2014

Escribir.

Son más de las seis de la mañana, he dormido poco y, no sé muy bien por qué, me he puesto a reflexionar sobre mi futuro literario. Me he mirado al espejo y me he preguntado hasta dónde llegaré. ¿Seguiré escribiendo historias el resto de mis días? La verdad, no lo tengo claro. De hecho, lo dudo bastante. Supongo que llegará un momento en que decida que ya he contado todo cuanto debía. O, al menos, en que mi producción decaiga mucho: a novela cada 2 ó 3 años. Estoy convencido. Desde 2011 he escrito 5 obras largas -una sin publicar- y 2 cortas. De entre todas, sólo una tiene un éxito real (que no económico), "Las mariposas aletean tres veces al atardecer", que se sigue vendiendo a un buen ritmo mes tras mes y ya lleva tiempo en el mercado; desde octubre del 2012, ni más ni menos.

¿Merece la pena escribir? Ni de coña. Tantas horas invertidas para tan nimio beneficio. ¿Me arrepiento de haber tomado el camino de la literatura? En absoluto. A mí me encanta escribir. Es una afición más, como la música, el gimnasio o, lo descubrí el otro día, los zapatos. Sí, me encantan los zapatos. Cosas de la vida. Entonces, ¿a qué viene todo esto? A nada en particular y, al mismo tiempo, a una necesidad de ofrecer mi posición de aquí al futuro. Me quedo como autor de Amazon, paso de las editoriales tradicionales. Desde Ciudad de piedra, mi segunda novela, decidí ignorarlas. Con las siguientes ni siquiera probé. Ni voy a hacerlo de aquí en adelante. No me interesa. Deseché la opción de ganarme la vida con esto, de llegar a ser profesional. Prefiero disfrutar escribiendo y no ser esclavo del mercado y, sobre todo, de las condiciones esclavistas que imponen las editoriales. Paso. Sé que podría publicar, quizá no en Planeta, pero podría. Pero, de verdad, no me interesa. Os prometo que rechazaría de cabeza cualquier oferta, a excepción de que me llegara una de Tusquets, editorial por la que siento debilidad. Ni Ediciones B ni Espasa ni nada de nada. Les agradecería el ofrecimiento y los mandaría a tomar viento. Hablo en serio. La experiencia con Amazon es excelente y estoy tan satisfecho que jamás aceptaría ese 10 % y encadenarme durante años a ellos.


Queden estas palabras grabadas aquí. Si un día me convierto en un autor conocido, volveré a ellas para no caer en la tentación. El dinero sólo es dinero y, para mí, la literatura, no debe asociarse con el dinero. Es otra cosa. Una manera de sentirse vivo. De evadirse de esa realidad que, a veces, se empeña en tocarnos los huevos. De convertirse en Dios. Porque sí, porque este humilde mortal es capaz de crear mundos y dotarlos de vida. Moldear hombres y mujeres con sus penas y alegrías, amores y desamores. Sí, eso es. La literatura es mi particular forma de convertirme en Dios. En una de mis películas favoritas aprendí que, si alguien o algo te pregunta si eres un dios, tú has de responder siempre que sí. No soy yo quien para llevar la contraria. Sin embargo, si firmas con una editorial, los dioses pasan a ser ellos. Mal asunto.

Por cierto, que aún queda Raúl Frías para rato. Sin ir muy lejos, este año voy a publicar dos novelas. Una en formato digital; la otra, en digital y en papel, gracias al excelente servicio que brinda Amazon (no me llevo comisión, prometido). Una está ya escrita a la espera de revisión. Con la otra estoy en estos momentos: 65.000 palabras ya, aunque todavía le queda recorrido. Es lo más realista que he escrito y, aun así, existen pasajes que son muy míos. Os dejo con uno de ellos.

Siempre un placer, blogonautas.

"En las alturas el cielo negro, estrellado. En el centro la luna, llena, espléndida, gigantesca. Tristán está sentado en el borde de un puente de madera destrozado en su zona intermedia. La otra parte se adentra en una jungla oscura, profunda. Muy apartada. Parece un lugar fantasmagórico. El chico admira la naturaleza a su alrededor: la playa ubicada a su espalda, el mar inabarcable, profundo, misterioso y oscuro, la inmensa extensión de terreno plagada de frondosos árboles, la fina y confusa línea del horizonte. El mar luce en calma: la superficie se asemeja a un gran cristal que reflectara la negrura del firmamento. El silencio es raro, sepulcral. Similar al que uno encuentra al pasear por un cementerio. Tristán conoce ese silencio, lo experimentó cuando la idea del suicidio rondó por su cabeza. En aquel tiempo visitó varios camposantos: pasaba horas sentado en un banco, observando las tumbas, los nichos, imaginándose a sí mismo en uno de esos agujeros, sepultado y olvidado por el mundo. Lo que más le sorprendió fue hallar tumbas fechadas en los años finales del siglo diecinueve. Algún día, Tristán sería una de esas viejas lápidas que llaman la atención por su antigüedad.
De pronto, un cuervo negro se acerca volando y, describiendo círculos, desciende hasta la otra parte del puente, posándose, majestuoso, sobre un saliente. Se detiene, despereza, pliega las alas y fija sus ojos de fuego sobre Tristán. Hombre y bestia se sostienen la mirada. El chico coge aire, agita las piernas y, nervioso, se agarra con fuerza a la superficie de madera. El pájaro abre el pico, emite un graznido agudo y calla de nuevo, cediendo paso al silencio. Tristán respeta esa tregua, meditabundo, pero pasado un rato se arma de valor y dice:
No logro entenderle, señor Cuervo.
El cuervo se agita, excitado, alza el vuelo y se lanza en picado contra el mar, que lo engulle como una boca hambrienta. Transcurren unos minutos, eternos. Eso, suponiendo que el tiempo fluya de la misma manera en ese extraño punto de la realidad. O de la irrealidad. Del mismo modo que el cuervo surgió de repente sobrevolando el firmamento, la figura de una mujer desconocida emerge de entre las aguas. Está desnuda y en su piel se aprecian manchas negras, tiras viscosas arrancadas del mar. Es rubia, con una larga melena rizada. De espaldas no logra reconocerla, aunque Tristán siente un pálpito que se confirma poco después, una vez que la chica ha escalado el puente y se ha sentado con tranquilidad en el borde, imitando la posición de Tristán: con la espalda erguida, las piernas colgando en el vacío y las manos apoyadas en los peldaños de madera".

domingo, 13 de abril de 2014

Palabras y más palabras.

Sigo con la novela a un ritmo razonable. Los furores iniciales desaparecieron, pero ahí sigo, dándole a la tecla. He alcanzado las 60.000 palabras, que no es poco. De hecho, Noctalia tiene 67.000. No tengo ni idea de hasta dónde me iré, pero todavía queda bastante. Menos de 80.000, lo dudo. Va para buen tocho. Mi tope son las 152.000 de El sueño de la mariposa. No creo que llegue a tanto, aunque no conviene descartarlo. Al ritmo actual (independientemente del tamaño final), debería estar terminada en, como mucho, dos meses. Para el veranito, como lectura de piscina y playa.

Hoy, os dejo un paisaje. Una parte de la novela transcurre en Londres y la ciudad, con sus luces y sombras tiene, en su ambiente gris, una magia innata que a veces es fácil pasar por alto.

"Alena amplia la sonrisa, se acerca a la ventana y mira fuera: decenas de casas unifamiliares de fachadas grises se apiñan unas contra otras. Hay algunos coches aparcados. Tres chicos esperan al autobús en silencio, enfrascados en sus propios pensamientos, escuchando música a través de grandes auriculares. Un gato negro se lame el pelaje tumbado sobre las escaleras de la casa de enfrente, cobijado de la lluvia por el tejadillo del porche".


Un abrazo, blogonautas ;)

jueves, 27 de marzo de 2014

Más diálogos.



"––Es difícil saber si es una decisión correcta o no. Sigo pensando que eres una mujer maravillosa. Por otro lado, tal vez tengas razón. Tengo la sensación de que nunca seríamos felices. No del todo, al menos. Quizá lo fuéramos de alguna forma poco definida y estoy convencido de que nuestra vida no sería miserable. Tendríamos hijos, una casa, un coche. Esas cosas. Pero a mí no me interesa eso. Lo sé muy bien. Las leyes sociales nunca me han gustado. Sus imposiciones. Creo que he nacido para sufrir, para ser desgraciado. Hay gente así, empeñada en complicarse la vida. Me temo que yo soy uno de ellos. Eso que tú definiste como especial es, en realidad, una tara".

Aprovecho para decir que ya he superado las 40.000 palabras y las 100 páginas a Word. Aún queda bastante, pero la cosa está avanzando a un ritmo razonable, más teniendo en cuenta lo ocupado que ando. No doy fechas, pero antes del verano debería estar acabada y rematada.

Un abrazo, blogonautas.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Fragmentos.


"Luis calla, esta vez con motivo. Ha llegado al final de la historia, que Tristán trata de analizar. El mensaje ha calado en su interior. La metáfora es clara pero, de todos modos, quiere desgranar el contenido, sacarle el máximo jugo. El náufrago tiene los ojos achinados, incomodados por la nube de humo formada a su alrededor. El ático huele a tabaco y a café. También a lluvia, aunque hace ya unas horas que no cae una gota.
––Creo que lo he entendido. Es una metáfora sobre el tiempo y el mirar adelante. No hay que estancarse en el pasado, creer que lo que teníamos era lo mejor. El futuro, a veces, nos depara agradables sorpresas. Bien sea en una película o en unos labios de mujer. Pero, para lograr alcanzarlas, antes debemos enterrar el pasado y apostar por el mañana ––explica Tristán, más para sí mismo que para su compañero de clase."

miércoles, 19 de marzo de 2014

Carpe diem 2.0

El otro día me di cuenta de que en dos meses cumplo 28 años. Eso me hizo pensar en mí mismo, en mi vida. Como cualquiera, supongo, también tengo miedo al paso del tiempo. A envejecer. Al final ineludible que siempre llega. Pensé en lo que quizá debería ser y en lo que soy. La sociedad me dice que a esa edad debería tener un buen trabajo, estable, tal vez estar casado, esperar el primer hijo. Puede que incluso tenerlo. O, al menos, tener una relación estable. Ahí quedan los parámetros sociales. Esa espada de Damocles que es el bisturí social al que, de una forma u otra, todos estamos sometidos.

Luego, claro, me tocó analizarme. Nada de psicoanálisis, con un simple vistazo por encima fue suficiente. Ni tengo un trabajo asociado a lo que he estudiado ni novia formal ni algo semejante a ganas de formar una familia. Soy camarero, hace poco empecé un nuevo trabajo, vivo en el exilio londinense. Las mujeres vienen, en ocasiones se quedan un tiempo pero, tarde o temprano, siempre se marchan. A veces con una sonrisa en los labios, otras con un simple portazo.

Me imaginé a mí mismo embutido en un traje, yendo a la oficina, al periódico de turno o a un colegio. Me imaginé una casa con niños, una esposa que me esperara con una sonrisa en los labios. Me imaginé haciendo eso durante los próximos treinta años. ¿Sabéis qué sentí? Ganas de pegarme un tiro. Nada de eso va conmigo. Lo mío es acabar en un ático neoyorquino, rodeado de libros, escribiendo novelas día y noche. ¿Un sueño imposible? Tal vez. Pero uno debe perseguir sus sueños. Siempre, sin desfallecer. Tampoco hay prisa.

¿Soy feliz? Me pregunté. Sí, lo soy. Sin dudarlo. Siempre echas de menos cosas. Amigos, familia. Algunas pieles, ciertos ojos verdes. Lo llamo La melancolía del escritor. Si no hay nada a tu espalda, nada por lo que mirar atrás y suspirar, ¿para qué escribir? Lo importante, creo, es mirar adelante, sobrevivir y disfrutar del día a día. El mañana, bueno, no conviene descuidarlo, pero es demasiado intangible, vacilón, peligroso. Uno no puede vivir pensando en el mañana porque, sencillamente, puede que nunca llegue.




¿Entonces? Entonces llegué a una conclusión muy clara y contundente. Mi respuesta a todo esto es que la sociedad se puede ir a la mierda. No me interesa su oferta. Puede que alguien sea feliz con la que debería haber sido mi esposa. Que tenga los que deberían haber sido mis hijos. Me alegro por él y le estoy muy agradecido por liberarme de semejante responsabilidad. Si un día nos conocemos, no dudaré en invitarlo a una cerveza.

martes, 18 de marzo de 2014

Carpe Diem.

Yesterday was my first day in my new job. I changed my role and the place. One club for another one, but there are some differences between them. I enjoyed my time in Miabella and I will be always grateful with those guys. I've met wonderful and kindly people. People who took care of me and showed me that if you want you can break any wall. At the beginning my english was terrible, I couldn't make proper sentences. I didn't use the right verbs and bla, bla, bla. And anyway They hired me. I'm telling you, my blogonautas, They are really nice people. But I felt I needed to change. I wanted to develop myself. Grow up. Mostly because now my english It's not amazing at all but at least is fluent and good enough. So I just moved my ass a little bit and I found a job opportunity in a big and famous club in London. If You have been in this city or lived here for a while You have to know it. I'm working in Heaven. And yes, yesterday was my first day and trust me it was fucking busy and hard. I was in the busiest bar of the club. In fact, I was the second one who did a trial there. The first one was there for an hour and then he left because it was so stressful. But I survived. I started pretty nervous. Really nervous. There were customers everywhere. At the same time. In front of me, behind me, around me. Everywhere. It was crazy. But yes I survived and I'm really happy about that. I think it is a good change, a good chance for me. The next step. Just keep moving and go ahead.

London, maybe the worst city in the world but at the same time you cannot avoid be in love with her. Why? I don't know the reason. It is hard to explain. I guess It is just my city.


martes, 11 de marzo de 2014

Próximas lecturas.

Últimamente estoy comprando libros. Me apetece, los echo de menos. En España tengo muchísimos y me gusta leerlos, ver las anotaciones que hice, recordar pasajes que me inspiraron... Esas cosas. En Londres, por cuestión de espacio y tal, he tirado de Kindle (bendito sea) hasta ahora. Sin embargo, necesito libros en papel. Aunque sea de vez en cuando. Los compro en inglés, por aquello de seguir progresando con el idioma y porque, básicamente, están mucho más baratos. Por lo que en España cuesta una novedad, aquí me compro 5 ó 6 en las típicas librerías de viejo. Como soy un poco masoca -también estoy haciendo la colección de su bibliografía-, he decidido intentar terminar los dos libros de Murakami que, en su momento, tuve que abandonar. Hablo de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Norwegian wood. También he comprado Espía de Dios, de Juan Gómez Jurado; The elephant vanishes, de nuevo de Murakami; Sueño profundo, de Banana Yoshimoto y El mapa y el territorio, de Houllecbeq, un autor a quien hace tiempo que quería leer.




Por ahora, lo dejo ahí. Tengo para un tiempo con estos y, además, tengo empezado Las sirenas de Titán, de Vonnegut, en el Kindle. De igual modo acepto recomendaciones, por si alguno se anima a dármelas.

Un abrazo, blogonautas :)

martes, 25 de febrero de 2014

Novelas que se escriben solas

Como os dije en la entrada referida a los proyectos que tengo para este 2014, ese mismo día comencé con las primera de las 2 novelas que pretendo escribir. Lo hice, dejé acabado el primer capítulo. Luego estuve sin escribir una semana. Tras ella, volví al teclado y, tras un par de días dubitativos, me lancé en serio a la tarea. Desde entonces, en apenas una semana, he escrito 15.000 palabras. Una locura. Nunca me había pasado. Siempre he escrito muy rápido y, además, soy bastante constante. Pero 15.000 palabras equivalía, al menos, a 15 días, no a 7. Como os digo, una locura.

Al mismo tiempo es una gozada ver cómo las palabras salen solas y la historia engorda y se teje con naturalidad y sencillez. Es un proyecto completamente realista. El primero de todos y, creo, que no será el último. Se me da bien. Me resulta sencillo escribir sobre temas cotidianos, en este caso sobre amor o, más bien, desamor.

Sin querer comparar y, salvando las -obvias- distancias, es una historia propia de Murakami. No en su vertiente surrealista, claro. Un autor al que odio más que amo pero que, debo admitir, me ha inspirado bastante. Una novela del corte de Al sur de la frontera, al oeste del sol. También hay un poco de Los años de peregrinación del chico sin color. De hecho, defino muchas veces al personaje principal como un chico gris. Cosas del subconsciente, supongo.

No tengo ni idea de cuánto ocupará ni cuánto tardaré en escribirla pero, visto lo visto, menos de lo habitual. Tal vez con ésta decida volver a probar con las editoriales tradicionales, a pesar de conocer su respuesta de antemano. Ya veremos. Os dejo un breve fragmento para abrir boca.


"—A veces pienso cómo sería el mundo sin ti. Qué habría pasado si nunca te hubieras sentado a mi lado aquella mañana, si no me hubieses pedido una galleta. Tal vez seríamos distintos. Estoy seguro de que yo sería diferente. ¿Dónde estaría yo ahora en vez de en el salón de casa de tus padres escuchando un disco de los Scorpions? No tengo ni la más remota idea, pero lo que sé seguro es que estaría en un lugar distinto. Viviría y habría vivido otra realidad. Como si, según los caminos tomados, el futuro se iría diversificando aquí y allá. Como una gran red de tuberías construida de manera aleatoria y donde, el agua, nunca sabe qué camino tomar a continuación. Uno, sin quererlo, puede tener muchas vidas pero, a la hora de la verdad, sólo recorremos un camino, un único sendero".


Un abrazo, blogonautas :)

martes, 11 de febrero de 2014

Proyectos para este 2014

Es habitual plantearse a principios de año nuevo una serie de objetivos a cumplir que, dicho sea de paso, normalmente no llegan a materializarse. Así son las cosas, para qué nos vamos a engañar. Somos humanos y, como tales, nos puede la pereza, la dejadez o, a veces, el torrente de la vida nos lleva por otros derroteros.

Por mi parte, mis propósitos no son demasiado elevados. Dejar de fumar o apuntarme al gimnasio no cuentan porque ni fumo y ya hace más de años y medio que soy un habitual de las pesas. Tampoco bebo mucho y el amor no me interesa más allá de la ficción. Siempre hay una chica, claro. Pero de ahí al amor hay un trecho. Tampoco planeo ni me hace especial ilusión hacerme rico. Con ganar lo suficiente para tirar para adelante me vale.

¿Entonces, qué quiero? Me conformo con que mi vida londinense me siga dando satisfacciones. Quiero seguir mejorando mi inglés, algo que el tiempo hará, como ha hecho en estos casi nueves meses anteriores. Quizá me haga un tatuaje. Algo maorí modificado con símbolos referentes a mis novelas. Ya veré. Pero, sobre todo, quiero darme una alegría literaria. Publicar con una gran editorial molaría, pero no tengo tampoco esas miras. De dinero ni hablamos, porque eso es algo utópico. Me refiero más bien a una satisfacción personal, de seguir escribiendo y de que me guste lo que escribo. No es poco. Mi idea es sacar dos novelas este años, además de terminar el cuento para mi prima (es un regalo). Tengo terminado otro libro, que no verá la luz hasta mayo o junio. Pero ése no cuenta, porque lo englobo en el 2013.



Hoy mismo empiezo la primera de las dos. Un proyecto realista que escapa de los cauces habituales de mi literatura, aunque respetando mi estilo y mis obsesiones.

Como verán, yo no necesito alas, porque jamás he querido aprender a volar. Me gusta sentir el suelo bajo mis pies.

Un saludo, blogonautas.