lunes, 25 de noviembre de 2013

Cambios.

Uno tiene que moverse siempre. Si te acomodas y apalancas corres el riesgo de hundirte en la rutina. La vida es un continuo cambio y hay que tomársela como tal. A vivir, que son dos días. Yo he cambiado muchas cosas en los últimos meses: de vida, de país, de condición económica, de idioma, de compañía de tecnología... Ahora me muevo con Apple y, sea dicho de paso, estoy muy contento con sus productos. El Iphone no me entusiasma mucho, demasiado parecido a cualquier móvil Android actual; pero el portátil me tiene enamorado. Se enciende en veinte segundos y se apaga en, literalmente, dos. Vamos, una gozada.

De lo que no cambio es de estilo literario. Sigo con mi surrealismo. Eso sí, me noto algo más maduro. No tanto en la forma de escribir, la cual tengo ya bastante interiorizada y me sale sola, sino en la forma de tratar los diálogos y los personajes, quizá mi gran asignatura pendiente. Ahora hay melancolía en ellos, un regusto amargo a su alrededor, algo que siempre quise y nunca terminé de conseguir. Del proyecto actual he alcanzado las 30.000 palabras y todavía no sé hasta dónde va a llegar. Espero que lejos. Estoy pensando qué hacer con ella. Quizá pruebe en algún que otro concurso. O no. Ya veré.



Mi periplo londinense también va viento en popa. Estoy completamente adaptado, mi inglés es bastante potable (dejemos el adjetivo bueno para dentro de seis meses) y, aunque trabajo bastante, tengo tiempo para mí, para mis libros, lecturas y gimnasios. Por ahora estoy bien de camarero aunque quizá en no mucho tiempo busque algún curro en una librería o algo semejante, por cambiar de tercio por completo y dejar atrás la noche londinense. Así podría disfrutarla más como customer que como currela.

Poco más que añadir. Sigo colaborando con Elretroconsolero, por si os apetece leerme más en mi faceta periodística, que es lo que de verdad soy, más allá de mis novelas. Como homenaje me he comprado un cover trasero para el Iphone que representa el mando de una Nes. Para qué os voy a engañar, me encanta.

Como despedida os dejo un breve fragmento de la novela:

Eduardo tamborilea con los dedos sobre el volante. Ya lo está haciendo otra vez, metiéndose de lleno en la piscina de su existencia. Sin embargo, de alguna forma inusual se siente reconfortado hablando sobre sus recuerdos con ese niño de doce años escondido bajo una máscara de caballo. Piensa en Lucía, en la bonita forma de su nariz, en su sonrisa amplia y vital, en sus ojos traviesos. A pesar de la traición cometida, aún la recuerda con cariño. Con el tiempo, los buenos recuerdos arrastran a los malos y los entierran al fondo, ganando la batalla. Quizá sea un mecanismo de autodefensa del cerebro: su manera de no perder la cordura.
––Era una chica muy alegre y educada. Tenía una nariz muy bonita, respingona. No sé definirla bien, pero allí donde iba llamaba la atención. Para bien, claro. Solíamos pasear juntos por el campus y, cada jueves, si el tiempo acompañaba, nos sentábamos en un lugar apartado a comer sandwiches de Nocilla y a mirar las estrellas. Era una gran chica. 
––¿Sandwiches de Nocilla, a vuestra edad? 
Eduardo se encoge de hombros. 
––¿Hay edad para hacer o comer lo que te gusta? A nosotros nos encantaba la Nocilla, aún me gusta de hecho y, aunque no coma cada jueves, no falta un bote en mi despensa. La única diferencia es que, desde que ella se fue, ya no hay ritual para comerla. Pasé del orden al caos. En esa época incluso escribí un texto para desahogarme. Recuerdo que comparaba mi situación con una estantería llena de libros: tan ordenada y perfecta y, con un simple golpe inesperado, todo se viene abajo y se convierte en un desastre. Eso fue mi vida en los meses siguientes a que Lucía se marchara con aquel tipo. 
Un momentáneo silencio, roto por el chico: 
––¿Le guardas rencor? 
––No, creo que no. La odié durante un tiempo. Es lo normal, supongo. Deseaba que el musculitos la tratara mal, que fuera infeliz. Quería, ingenuo de mí, que se diera cuenta de lo que había perdido y regresara, triste y desamparada, a mis brazos. Ahora sé que eso nunca ocurre. Si se da el caso, en realidad hay detrás algo mucho más terrible: si regresa es porque el otro la ha dejado y no ha conseguido encontrar algo mejor por el camino y, antes de estar sola, prefiere volver contigo. Es así. Por eso estoy contento de que nunca regresase. Estoy seguro de que si lo hubiese hecho la habría perdonado y ahora estaría viviendo una mentira. O, en el peor de los casos, me hubiese hecho lo mismo y el mazazo hubiese sido doble. 
El niño cabecea. 
––Las cosas siempre ocurren por una razón. La línea del Destino está escrita de antemano. A veces se pueden cambiar algunas cosas, pero el trazado general es inalterable. Si esa chica se fue es porque tenía que irse ––asegura. 
––Ya. Una vez leí en una novela que el destino de cada uno lo escribe una niña que juega con la arena en una playa; aburrida como está, dibuja surcos en la arena con los dedos, marcando el sino de cada uno. 
––Nunca había oído una historia semejante, pero creo que es una interesante y poética manera de describirlo. 
––Ya ––repite nuestro protagonista, aunque esta vez es incapaz de ir más allá.

¡Un abrazo!