jueves, 31 de mayo de 2012

Novelas que van y novelas que vienen...

Es pronto para anunciarlo, pero Ciudad de piedra, mi segunda novela, ya tiene editor. Aún estamos al principio del proceso, queda mucho camino por delante: introducir algunas mejoras argumentales, perfilar mejor ciertos personajes, un último lavado de cara... pero la cosa tiene buena pinta. De momento me reservo datos concretos, pero sabed que más pronto que tarde, mi segunda novela verá la luz.

Hoy me he parado a pensar en lo que cambia la vida en un pestañeo, pues es curioso, pero hasta mayo de 2011 yo nunca había escrito ni una sola línea, y hoy, 1 de junio de 2012, tengo una novela publicada, otra que está en proceso de (como suele decirse) y una tercera que encara su recta final. Ya he abordado la trama final del interludio (91.000 palabras). Tras él queda un segundo interludio y el adagio final.

Las previsiones se mantienen: primer borrador potable para septiembre de 2012.

Para que luego digan que no hay que tener miedo de los relojes. Tic, tac, tic, tac.

Un abrazo a todos ;)

domingo, 27 de mayo de 2012

¡Doscientas páginas!

Pues eso, que en el fondo es una tontería y no aporta nada, pero me hace cierta ilusión por el mero hecho de que nunca había llegado tan lejos. Es la consecuencia de las 85.000 palabras que llevo escritas, lejos ya de las 68.000 de Noctalia y las 72.000 de Ciudad de piedra. Para celebrarlo, un breve fragmento:

"Enciendo antes un par de velas que he comprado para iluminar la habitación sin necesidad de luz eléctrica. Al abrir me encuentro a la muchacha empapada. El pelo se le pega a la cara como hebras de heno y el vestido se le adhiere a la piel, puede que hasta los huesos. Va calada. Aun así, en la expresión de sus ojos, percibo que ha estado llorando.
—Carmela —digo con voz temblorosa—, ¿qué te ha pasado?
Ella, sin pronunciar palabra alguna, rompe a llorar y me abraza. Su llanto, débil al principio, se torna lastimero y ruidoso. Yo la abrazo con fuerza, sin comprender la situación pero con un nudo creciéndome en la garganta. Carmela trae consigo el frío de la lluvia, que comienzo a sentir en mi torso desnudo, pero no me importa.
En ese instante sólo importa el llanto sincero de mi mejor amiga".

lunes, 14 de mayo de 2012

Más surrealismo...

Os dejo con una parte cargada de simbolismo. A ver quién ubica las referencias y guiños. Se me ha ocurrido un pretencioso y arrogante nombre para enmarcar la novela dentro de un género. Si Cien años de soledad pertenece al Realismo Mágico y Ana Karenina al Realismo más "puro", creo que la obra que me llevo entre manos bien podría definirse como Realismo Onírico. Bonito, ¿verdad? :)

"Me rodea una oscuridad completa, categórica, universal. Un cosmos de silencio y negrura. No se escucha un ruido a mi alrededor, no consigo ver nada. Estoy quieto en mitad de aquella espesura indefinida e informe. ¿Dónde me hallo?, ¿cómo he llegado hasta allí?, me pregunto, pero no tengo la respuesta. Permanezco en pie, parado y en silencio un incalculable margen de tiempo, quizá sólo unos pocos segundos, puede que varias horas. Lo que me rodea, si es que acaso existe algo, no parece tener sentido. Un sentido material, al menos.
Un chispazo ilumina de repente un punto aislado en la oscuridad. Dejo que la vista se me adapte a la débil iluminación. Desde mi posición creo distinguir un farol de aceite, cuya llama interior cabrillea con violencia. Pese a lo extraño de la situación, mi ignorancia con respecto al lugar y el origen del lucero, no tengo miedo. He asimilado con incomprensible arrojo, con actitud quijotesca, mi singular condición.
—¿Quién anda ahí? —pregunto.
Mi voz resulta apenas un susurro trémulo en aquel espacio irreal. Espero respuesta, pero no la encuentro. Mi misterioso compañero se limita a permanecer quieto en la misma posición.
—Vamos, dime quién eres —insisto.
Pero de nuevo lo único que recibo es otra ráfaga de silencio. ¿Debo acercarme a él? ¿Será peligroso? Las cuestiones, los interrogantes, acuden a mi mente como un arroyo que descendiese por la ladera de una montaña.
—¿Dónde estoy? —Sé que mi pregunta se perderá entre los rebordes del lienzo de oscuridad, pero me niego a darme por vencido.
Esta vez algo cambia. El farol oscila adelante y atrás, como si su portador quisiera hacerme una indicación, decirme algo. ¿Pero qué?
—No te entiendo. No sé qué hago aquí, ni qué es este lugar ni quién eres tú. No sé nada.
Las palabras se pierden, temblorosas, al momento siguiente de abandonar mis labios. El movimiento continúa: adelante y atrás. La llamita crepita y baila al ritmo que marca el misterioso hombre sombra.
De pronto, quienquiera que sujete el candil se mueve, se aleja de mí. Se adentra un poco más en la oscuridad, aunque es complicado diferenciar distancias en aquel espacio quimérico.
—Quieto, por favor. No te vayas, no me dejes solo —suplico.
Pero el fuego se aleja cada vez más. El círculo de luz se vuelve minúsculo. ¿Qué debo hacer?, me pregunto. ¿Tal vez seguirle?, ¿quedarme dónde estoy?
—¡Espérame! —grito desesperado, y echo a correr en busca del hombre sombra y su farol.
Percibo el aire recargado, cálido, y el suelo duro y rocoso. La espesa negrura es tan densa que la siento adherírseme a la piel, tangible como una cortina de agua. La llamita crece a medida que avanzo. En unos pocos segundos volveré a estar a su misma altura. ¿Quién sostendrá el farolillo? Por un momento la duda me provoca un escalofrío. ¿Y si estoy caminando hacia una muerte segura?, ¿y si al final del camino no hay nada, sólo oscuridad?, ¿será éste el final del sueño del soñador?
Mis cavilaciones, que se retuercen entre temores y titubeos, terminan de forma brusca, cortadas por una cuchilla de luz blanquecina que rasga la negrura. Es un destello intenso, como si un sol de otoño se hubiese colado en aquella nada incorpórea. La pálida claridad ha engullido al farol y a su portador, de quienes no queda rastro alguno. ¿Dónde se habrá metido el hombre sombra? Otro escalofrío recorre mi espina dorsal. El final está cerca. La luz es cada más potente. Hileras de haces pálidos se esparcen por el lugar, están muy cerca de mí. ¿Descubriré por fin dónde me hallo?
Poco tiempo después logro llegar hasta el origen de aquella luz nívea. El corazón me restalla en el pecho, la respiración se me entrecorta. Estoy cansado por el repentino esfuerzo. Me encuentro frente a una puerta. La luz proviene de los resquicios que deja el marco mal encajado entre la densa capa de oscuridad. ¿Qué habrá al otro lado? Trago saliva con dificultad mientras me lo pregunto. El corazón se me acelera: pum, pum, pum, pum. El final, la luz, la puerta. Los símbolos se superponen dentro de mi mente, se encuentran, se separan. Intento desviar mi atención, no quiero pensar en sus significados. Me aterra pensar en ello. Sólo quiero saber qué me espera tras la puerta.
Me dejo llevar por un impulso y tanteo el metal (parece metal, su tacto es frío y áspero) en busca de un pomo, pero descubro que la superficie es plana y lisa. Tal vez esté abierta, pienso. Experimento una extraña sensación. Me doy cuenta de que sé que está abierta. ¿Tal vez el soñador controla al soñado? ¿Será éste mi final? ¿El ansiado y temido despertar? Empujo la entrada, que cede con suavidad, sin hacer ruido.
Una luz cegadora me aborda y me ciega. Durante unos segundos no logro ver nada. El contraste entre oscuridad y claridad es demasiado fuerte. Incluso he tenido que taparme los ojos con el dorso del brazo para poder soportarlo. Permanezco expectante, con el temor y la curiosidad recorriendo mi cuerpo de la cabeza a los pies. Al final, mis ojos se acostumbran a la luz. Aguardo unos instantes, indeciso. ¿Quiero descubrir la verdad? ¿O prefiero vivir en la ignorancia?
La curiosidad vence al juicio sin que me dé cuenta. El temor se hace a un lado y afronto la visión. La antesala de oscuridad y la ceguera posterior se han esfumado para dejar a su paso la recreación de un paisaje insólito. Un cielo de un azul intenso, un firmamento infinito ensuciado por grupos de nubes que caracolean sobre sí mismas se derrama sobre una tierra yerma, seca, salpicada de molinos de viento. Una luna en menguante preside la bóveda celeste. Pero lo más sorprendente de aquella vista no son las nubes o la luna diurna, son las aspas de los molinos: gigantescas mariposas de brillantes y vivos colores sustituyen a las habituales celosías metálicas. Los insectos no se mueven, pues no sopla viento alguno, y tampoco parecen poseer vida. Se asemejan a figuras de piedra, gárgolas titánicas en espera de Eolo.
He empezado a caminar, perplejo ante aquella campiña ilusoria. De súbito, una música conocida sorprende mis pasos y atraviesa el lugar como un viento de poniente. Se introduce en mis oídos y pone en marcha a las mariposas, que empiezan a agitar las alas. En apenas un pestañeo, los insectos están girando como las aspas de molino a las que sustituyen. Contemplo ensimismado la gracilidad de sus movimientos. Giran, giran y giran…".

jueves, 10 de mayo de 2012

Un toque surrealista...

Pues eso, queridos lectores, hablemos de surrealismo. Desde que me dedico a esto de escribir, el movimiento me ha atraído (junto con el Romanticismo) por encima de cualquier otro. Seguidor de la obra de Buñuel y Dalí entre otros, me he visto cautivado por la fuerza de las imágenes y la creatividad de esta expresión artística.

¿Por qué este rollo? Muy sencillo, porque la novela, que ya ha superado las 70.000 palabras, ha decidido (sí, ha sido ella) añadirse un toque surrealista. Es pequeño, apenas unas pinceladas, pero establecerá un nuevo camino para interpretar la novela.

Un nuevo sendero se abre para aquellas mentes inquietas que quieran leer más allá de los hechos reales (dentro de la ficción) y pragmáticos de los que se nutre la trama de la novela. Os cedo, para que os hagáis una idea de la sutileza del planteamiento, un breve fragmento donde se vislumbra lo que os digo. A ver quién es capaz de asociar ideas e imágenes.

Un abrazo y gracias por seguir ahí ;)

"Su voz se difumina como por arte de magia. He caído en el hechizo de la librería y ya sólo
consigo escuchar los susurros escapados de los libros. A lo lejos, posada sobre una de las lámparas de
aceite, vislumbro una mariposa de torso estriado a franjas negras y anaranjadas y unas alas dobles de
la misma coloración. Un extraño dibujo se intuye en su tórax, aunque desde donde estoy no consigo
apreciar la figura. Qué curioso ejemplar de mariposa, pienso, pero me olvido con rapidez de ella y me
limito a seguir a Julio, que sube al segundo piso.

Cuando vuelvo a mirar, el insecto ya no está".