miércoles, 7 de agosto de 2013

Fuera de órbita

Primera parte de un relato corto (serán dos o tres partes) de ciencia ficción en clara relación con mi primera novela, Noctalia.

Por cierto, casi tenemos preparado el segundo número de Portal Ciencia y Ficción, ya os lo colgaré por aquí.

Un abrazo, blogonautas ;)

Fuera de órbita

El ­­­­­planeta se asemeja a una gran pelota de piedra azul recortada entre la negrura infinita del universo. Dos gigantescas estrellas custodian al planeta. Una es similar al Sol terrícola; la otra es de una tonalidad marina, una inmensa bola de fuego azulado. Alrededor de los tres astros principales destaca el brillo de innumerables estrellas situadas a millones de años luz. El espectáculo, por muchas veces que se hubiera disfrutado con anterioridad, no pierde un ápice de su magia, de su belleza. La grandeza de la naturaleza contra la pequeñez del hombre en estado puro.
El interior de la Ómicron bulle de actividad. Los cuatro tripulantes se disponen a ocupar sus puestos para adentrarse en el planeta primero y lograr un buen aterrizaje después. La nave, un platillo esférico de pequeño tamaño, permite maniobrar con facilidad. No por ello conviene descuidarse.
—Cabo, ¿están todos los sistemas operativos?
La pregunta surge de los labios del capitán: uno de los primeros hombres gato, como popularmente se denominó a los seres resultantes de los experimentos genéticos cuya finalidad era mejorar los sentidos y facultades de la raza humana. Su composición es, a simple vista, la de un hombre común, pero si uno se fija bien, puede apreciar dos ojos verdes profundos y centelleantes en la oscuridad, un apéndice en forma de cola situado en mitad de la espalda y unas orejas más puntiagudas de lo habitual. Los otros tres tripulantes son hombres comunes: el cabo T-265, o Tim; el alférez Cx-497, o Uwe; el ingeniero O-876, también conocido como Jean. A pesar de que los nombres se habían sustituido por números de serie —relacionados con la profesión de cada uno— alrededor del año 3000 (según el calendario terrícola), a los humanos continúan de manera informal adoptando las viejas denominaciones.

—Todo en orden, señor.
Ingeniero y alférez dan a su vez el visto bueno a la operación. La sala de control de la astronave es un concierto de pitidos mezclados con decenas de intermitentes luces de varios colores. Los cuatro tripulantes tienen sus ojos fijos en sus respectivas obligaciones. Todos son exiliados del Sistema Galáctico: «basura cuya única patria es el universo profundo». Así los definió el Primer Ministro de la Cuarta Confederación de Planetas el día de su sentencia a vagar el resto de sus días por el cosmos. Si vuelven a poner un solo pie en un planeta habitado, irán directamente a la cárcel o, en el peor de los casos, se les aplicará la pena de muerte. Desde aquel nefasto día se han dedicado a vagar por el espacio en busca de tesoros lo suficientemente valiosos como para comprar su libertad. Son buscatesoros interestelares, como les gusta definirse a ellos mismos. Sin embargo, tras cuatro años de vagabundeo, sus ánimos están por los suelos: echan de menos demasiadas cosas. Incluidas sus familias. A excepción de Uwe, oriundo del sistema Nássar, donde la familia está prohibida por ley.
—Preparados para entrar en órbita —advierte el capitán.
Es un mero formalismo. Los cuatro saben muy bien qué hacer. Ya han recorrido más de cuarenta planetas en su deambular. Por ahora, sin éxito. Apenas algunos minerales de cierto valor, pero no del suficiente como para revocar su condena.
—Sistemas preparados. Todo dispuesto para la succión y el posterior aterrizaje      —avanza el ingeniero.
El capitán asiente, satisfecho. Al menos su condena la cumple con gente capacitada. Viejos camaradas. Individuos que las han visto venir de todos los colores. Gente sin un destino claro, mecidos peligrosamente en la fina cuerda del destino. Cerca del olvido colectivo.
El planeta se acerca a gran velocidad. En apenas unos minutos, la esfera ya no es visible en su totalidad: ahora se aprecian continentes donde antes había sólo un borrón azul.
—Cabo, establezca los parámetros atmosféricos. Quiero saber dónde nos estamos metiendo.
—De acuerdo, capitán —conviene Tim, obediente.
En la pantalla aparecen las condiciones ambientales de aquel lejano y extraño planeta azul. Después de un análisis rápido, las conclusiones son claras: la atmósfera no es respirable. Las condiciones de viabilidad para el abordaje se calculan de antemano. No resultaría agradable meterse en un horno o en una nevera. La Ómicron sobrevuela ya, cada vez a menos velocidad, los cielos planetarios. El sol de fuego azul brilla en los lindes del firmamento.
—¡Preparad el aterrizaje! —grita el capitán.
Los subordinados aprietan botones, mueven minúsculas palancas y, al final, Tim responde:
—Tren de aterrizaje listo. ¡Allá vamos!
La astronave se estabiliza y comienza a girar en círculos, perdiendo al mismo tiempo velocidad. Pasan cinco minutos antes de que la nave y sus tripulantes tomen tierra con suavidad. La superficie planetaria es, en su mayor parte, un gigantesco desierto de arenas azuladas salpicado de peñascos de bastante altura. Los medidores, no obstante, no indican nada anómalo. Es un planeta desértico perdido en una zona inhabitada del universo. No se tienen datos sobre él. Sus datos no están registrados en la Red Planetaria. Acaban de llegar a uno de los muchos planetas ignotos aún no conquistados por el Hombre. Eso, por norma general, suele ser una buena noticia: al no haber sido contaminado por la raza humana, existen más posibilidades de encontrar algo de valor. «Quién sabe, quizá aquí esté nuestro salvoconducto hacia la libertad», piensa Tim mientras se despereza en su silla y se incorpora. Sus tres compañeros de exilio hacen lo propio.
—¿Estáis todos bien? —pregunta Jean, con su típica mirada indefensa, acrecentada por su rostro aniñado.
Es el más joven de todos. La edad es un dato muy relativo, pero debe de rondar los 300 años. De facciones suaves, labios finos y orejas pequeñas como las de un nuevo terrícola de quinta generación, como orgulloso afirma que es. Tiene el pelo abundante, castaño, los ojos azules, la piel pálida y unas manos largas y huesudas. Su aspecto contrasta con el de Uwe, un anciano proveniente del planeta ╔. De aspecto duro, piel de cuero y ojos achinados, su mirada sería capaz de hacer hombre de golpe a un joven imberbe. Algo pasado de peso y con una sempiterna gorra calada hasta las cejas, se limita a obedecer al capitán: sólo habla cuando es necesario y por lo general para soltar un improperio. El último de los cosmonautas, Tim, hace tiempo que alcanzó la edad madura —según su tarjeta galáctica de regulación ya ha cumplido los 530—, con todo lo que ello implica. De temperamento relajado, siempre busca la mejor solución para el grupo. Posee el aspecto estándar de un militar: ojos marrones, pelo rapado y cuerpo musculoso aliñado con algunos implantes para aumentar sus condiciones físicas. 
—Parece un ente desértico —aventura Uwe, obviando la pregunta de su camarada.
—Desértico-montañoso —apuntilla el capitán, provocando la aspereza del anciano, quien, sin embargo, decide mantener la boca cerrada.
Los tres se dirigen a la sala de despresurización, paso inevitable antes de aventurarse en la superficie planetaria. Una vez el proceso se ha completado, se embuten en sendos trajes de astronauta y pisan el arenoso suelo.
—Uwe, lanza sondas de análisis hacia los cuatro puntos cardinales: quiero saber si este planeta esconde algún tesoro maravilloso.
El alférez activa un aparato del tamaño de una pelota de tenis y pulsa varios interruptores, después suelta un enigmático «abracadabra» y una luz verde se expande a una velocidad increíble por todas partes.
—En un par de minutos tendremos los datos.
El capitán asiente y suspira. Está esperanzado con que esta vez sea la buena. La definitiva. La que les permita regresar a casa. Jean aprovecha la espera para analizar la arena.
—Producto de la erosión. En este planeta hay agua… o la hubo alguna vez            —aventura.
Tim está a punto de abrir la boca, pero la voz cortante del alférez se impone. Los datos han llegado con una conclusión tan sorprendente como inesperada.
—Señores, mucho me temo que no somos los primeros seres humanos en llegar a este planeta. Apenas ocho kilómetros hacia el Este, el apartito ha registrado una construcción humana: los restos biológicos no dejan lugar a la duda.
Las miradas del grupo se cruzan entre sí, perplejas.
—Pero eso no es posible. De ser así estaría registrado —asegura Jean, de cuclillas sobre la arena.
—La teoría también me la sé yo, pequeñín, pero esta maquinita siempre dice la verdad: aquí hubo humanos antes de que nosotros llegáramos.
El silencio cae de golpe, cruel como una noche sin estrellas. La evidencia es clara. Las dudas se han apoderado del grupo, quien espera la decisión del capitán. Resolución que no tarda en llegar:
—En ese caso, creo que es de mala educación no hacer una visita. Adelante, muchachos. Nuestros amigos del Este nos esperan.
Aunque saben que ahora están solos en aquel planeta inhóspito, que sus predecesores ya no están allí, los cuatro astronautas sienten un cosquilleo en sus estómagos, una mácula de temor, una sensación de que algo va mal, de que a su llegada no habrá pastas y café caliente.
Pero prefieren callar y seguir adelante. La esperanza es más fuerte que el peor de los temores.


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