sábado, 21 de diciembre de 2013

El chico gris

Un relato triste para estos días felices. No es por fastidiar, lo prometo. 



El chico gris


Los recuerdos se acumulan, ansiosos por conseguir sus cinco minutos de gloria. Toda una vida resumida en imágenes sueltas, quizá distorsionadas por el paso de los años. Treinta años dan para mucho, sobre todo cuando eres un superviviente, un tipo que se ha hecho a sí mismo y que, cuando ha tenido que saltar al vacío, lo ha hecho sin dudar, por muy oscuro y profundo que fuera el abismo. A veces, además, ha estado dentro del pozo, sabe bien lo que se siente, abandonado en la oscuridad, solo, sepultado por toneladas de silencio y torturado por la luz de la esperanza que se intuye a lo lejos, por la rendija sin cerrar de la boca del pozo. Una salida inalcanzable en ocasiones y otras, sencillamente, al alcance de la mano. Un saltito, un débil empujón y estás fuera. Hoy no es ese día.

El agua empieza a estar fría y el traje de marinero luce raro. Le queda corto, muy corto pero, sorprendentemente, de talla le está bien. Es decir, se ajusta bien a su cuerpo. Eso, veintiún años después (porque, si mal no recuerda, hizo la comunión a los nueve) es impresionante. En unos cinco minutos habrá de tomar la decisión. Saltar o quedarse en el fondo, esta vez para siempre. Sólo el timbrazo del teléfono puede sacarlo de ahí, hacerle olvidar los últimos tiempos, las circunstancias que le han llevado a estar en esa bañera, embutido en su traje de la primera comunión y con una pistola en la mano. En cinco minutos, sus sesos se desparramarán por la sala y el abismo será su único hogar. Lo encontrarán días después, cuando su cuerpo empiece a oler. Qué dirán cuando lo hallen en tales circunstancias ni lo sabe ni le interesa. A fin de cuentas, él ya estará muerto.

Lleva un rato preguntándose por qué, pero hay millones de respuestas para elegir. Casi desde el principio de sus días. Una infancia marcada por la muerte de sus padres en un accidente de coche, compañeros de colegio que eran unos verdaderos hijos de puta, una adolescencia turbulenta salpicada con drogas y mujeres a partes iguales –a veces hay una simbiosis perfecta entre ambas–, años de peregrinación de un trabajo a otro, de un país al siguiente para, al final, regresar al hogar. Un hogar que nunca existió. Nada en la vida le ha durado demasiado tiempo, como tampoco le va a durar, valga la redundancia, su propia existencia. Treinta años dan para mucho pero, en el fondo, no son nada. El pestañeo de una estrella.

Si tuviera que representarse en una postal, la fotografía lo mostraría a él sentado en un banco, fumando. De fondo, el bullicio de la ciudad, risas, parejas de enamorados –una buena fotografía también capta los sonidos, siempre lo ha pensado–. Luz. Él, sin embargo, aparecería representado en gris. Siempre ha sido un chico gris. Nunca destacó en nada, más allá de su propia supervivencia. Para eso tenía una gran capacidad. Salir adelante, a pesar de los mil y un reveses, de las pocas oportunidades, de las lágrimas y dificultades. El pozo, la oscuridad, el goteo de agua intermitente. Su vida ha sido como un largo día de niebla o como un campo de sillas vacías donde, cada cierto tiempo, aparecía un oasis o alguien dispuesto a sentarse. Por lo general, con nombre de mujer. Ellas, sus cuerpos, son los únicos dioses que conoce y ha conocido. El último, el de Carmela, era el más hermoso de todos. Suave, terso, curvilíneo y con una apariencia de fragilidad que alimentaba el deseo y las ganas de acariciarlo, besarlo y, por qué no, hacerlo suyo. 




Desde que dejó de ver las braguitas colgando de su tendedero, el pozo se instaló en su vida con más fuerza que nunca. Cuando descubrió la razón, la rendija se cerró para no volver a abrirse. Carmela, cansada de la inutilidad, del carácter taciturno del hombre que amaba, decidió largarse con el típico gilipollas de traje, sonrisa blanqueada y maletín de cuero. Un banquero, un corredor de bolsa o vete tú a saber. Para él no es más que el gilipollas que se llevó a su chica. El clavo ardiendo donde se sostenía su nublada existencia.

El agua está helada, el tiempo ha terminado. Mira una vez más la foto de Carmela, sus ojos vivarachos, llenos de vida. En el fondo, no podía funcionar. Lo supo desde el primer día. El chico gris no se merecía una mujer como ésa. Demasiada suerte tuvo de poseerla alguna vez, supone. Nota la piel arrugada, el pecho agitado, la adrenalina disparada pero, de alguna manera incomprensible, también está sereno. Tranquilo como si pegarse un tiro en la sien fuese el siguiente paso marcado por su destino, ineludible e imposible de saltar. "Chaval, ha llegado el momento, déjate de mariconadas. Tú siempre has sido un tipo valiente, un luchador. El barro no tiene ningún misterio para ti, sabes muy bien cómo huele".

¿Entonces, a qué espera? A una llamada de teléfono que, por desgracia, no llega. Cansado de retrasar el momento, se lleva la pistola a la sien, cierra los ojos, acompasa la respiración, evita los recuerdos, trata de ignorar los recuerdos que se acumulan en su mente y, con la fuerza con que se aprieta el interruptor de la luz, el gatillo cede y la gris existencia de un tipo gris sin nada que ofrecer al mundo llega a su fin, como tantas otras que llegaron y llegarán.



… El teléfono suena, da cinco timbrazos. Pero ya no hay nadie para contestar.

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