martes, 23 de octubre de 2012

Carta de una desconocida.

Acabo de terminar la novela de Zweig. Se lee en dos ratos sueltos. Me ha resultado fascinante, aunque de antemano aviso: en estos tiempos donde la literatura es un negocio como otro cualquiera, esta obra jamás se hubiese editado. Por supuesto, hubiera sido un tremendo error. Incluso creo -esto es más personal- que es una novela muy poco apta para los paladares literarios actuales. Desfasada, diría que es la mejor forma de definirla. En esta sociedad del siglo veintiuno rara vez podría darse una historia de amor como la que nos propone el escritor austriaco.

Amor platónico, amigos blogonautas. Carta de una desconocida es una novela cuyo eje es el amor platónico que la protagonista femenina le profesa al novelista famoso de turno. Él, despreocupado y poco dado a amores de más de una noche, responde al perfil psicológico tantas veces usado después para describir al artista: persona alejada de la realidad, soñadora, vividora e inclinada al amor libre. Ella, por su parte, es una sufridora nata; entregada y servil. Los trato de él y ella porque ninguno de los tiene nombre. Zweig se olvida de detalles tan triviales, utilizando una simple R mayúscula para referirse al protagonista masculino.

Vayamos al meollo. Según lo expuesto, tampoco creo que la trama parezca fascinante. Quizá para muchos no lo sea. Yo, sin embargo, insisto. El austriaco nos propone una historia de amor capaz de arrugarte el pecho, de hacerte, en poquísimas páginas, sufrir con la mujer (una especie de Electra del momento). Es una historia triste, trágica, abrumadora. La prosa sencilla pero contundente de Zweig abruma. Me he agobiado leyendo la novela, lo admito sin pudor. He sentido desazón y he acabado un tanto desesperanzado. Toda una vida entregada a un sueño, a una fantasía velada por caricias efímeras, por besos inútiles. En definitiva, una tragedia de las pequeñas cosas del corazón.

A destacar también (pensándolo bien, tal vez sea el rasgo más recalcable) la maestría con la que el escritor austriaco crea a sus personajes. Hablo del plano psicológico, pues del físico pasa casi por completo, dejando sólo algunas pinceladas. Los personajes de la novela son seres humanos, un hombre y una mujer con personalidades definidas de un modo excepcional. Escapan de la robótica literaria, con lo difícil (escritor dixit) que es conseguirlo. Se sufre con ellos, los compadeces, sientes sus amarguras y penas; esa frustración de la protagonista, entregada a un amor imposible pero, al mismo tiempo, devoto hasta rozar lo enfermizo.

Ahora que las jóvenes leen endulzadas historias de amor entre vampiros y quinceañeras, y las cuarentonas se recrean con fogosas historias de sexo sadomasoquista, leer a Zweig ha reconciliado mi espíritu con la novela romántica. Está pasada de moda, lo sé, pero queda a un millón de años luz (aquí mi vena cienciaficcionera) de, por ejemplo, estas dos sagas de cuyo nombre no quiero acordarme.

Por desgracia, ya no existe sólo la telebasura.

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